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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.81

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Pero los recuerdos ya se estaban desvaneciendo, como ocurre con los sueños. Cuando llegó al pie de la escalera se volvió hacia el conde Brass, que no se había movido de donde estaba. Contemplaba el fuego con su triste y anciana cabeza inclinada.

-¿Vos y yo... vivimos? Y nuestros amigos están muertos. Vuestra hija está muerta. Teníais razón, conde Brass; se perdió mucho en la batalla de Londra. También perdisteis a vuestros nietos.

-Sí -musitó el conde Brass-. Se podría decir que perdimos el futuro.

Epílogo

Habían transcurrido casi siete años desde la gran batalla de Londra, cuando el Imperio Oscuro quedó destruido. Y muchas cosas habían sucedido a lo largo de aquellos siete años. Durante cinco, Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, había padecido la tragedia de la locura. Incluso ahora, dos años después de recuperarse, no era el mismo hombre que se había dedicado con tanto entusiasmo a los asuntos del Bastón Rúnico. Vivía solo y retirado. Ni tan sólo su viejo amigo el conde Brass, el otro superviviente del conflicto, le conocía ahora.

-Es por la pérdida de sus amigos, de su Yisselda -susurraban los habitantes de la reconstruida Aigues-Mortes.

Y compadecían a Dorian Hawkmoon cuando cabalgaba solo por la ciudad, atravesaba las puertas y salía a la Kamarg, y se perdía por los pantanos donde volaban los flamencos escarlatas gigantescos y galopaban los toros blancos.

Y Dorian Hawkmoon se dirigía hacia una loma que se alzaba en el corazón de los pantanos, desmontaba y guiaba a su caballo hasta la cumbre, donde se erguían las ruinas de una antigua iglesia, construida antes del Milenio Trágico.

Y oteaba las cañas que se agitaban y las lagunas, mientras el mistral soplaba y su voz melancólica se hacía eco del dolor que expresaban sus ojos.

Y trataba de recordar un sueño.

Un sueño protagonizado por Yisselda y dos niños cuyos nombres no podía recordar. ¿Acaso les había dado nombre en su sueño?

Un sueño demencial de lo que habría pasado si Yisselda hubiera sobrevivido a la batalla de Londra.

Y en ocasiones, cuando el sol empezaba a ponerse al otro lado de los inmensos pantanos y la lluvia caía en las lagunas, se erguía sobre la parte más elevada de las ruinas, alzaba los brazos hacia las nubes que surcaban el cielo ennegrecido y gritaba su nombre al viento.

-¡Yisselda! ¡Yisselda!

Y las aves que volaban sobre el viento repetían su grito.

-¡Yisselda!

Y después, Hawkmoon agachaba la cabeza y lloraba y se preguntaba por qué intuía, a pesar de la verdad evidente, que algún día recobraría a su amor perdido.



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