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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.78

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Estaba hundido en el barro. Era de noche. La codiciosa tierra lo iba engullendo lentamente. Vio parte de un cuerpo de caballo frente a él. Extendió su única mano libre. Oyó que alguien pronunciaba su nombre y pensó que era el grito de un ave.

-Yisselda-murmuró-. ¡Oh, Yisselda!

5. Como en un sueño

Tuvo la sensación de que había muerto. Fantasías y recuerdos se entremezclaban mientras aguardaba a que el pantano le engullera. Aparecieron rostros ante él. Vio la cara del conde Brass, que fluctuaba de una juventud a una vejez relativas. Vio la cara de Oladahn de las Montañas Búlgaras. Vio a Bowgentle y a D´Averc. Vio a Yisselda. Vio a Kalan de Vitall y a Taragorm del Palacio del Tiempo. Rostros bestiales acechaban por doquier. Vio a Rinal del pueblo fantasma, a Orland Fank del Bastón Rúnico y a su hermano, el Guerrero Negro y Amarillo. Vio a Yisselda por segunda vez. ¿Acaso no había otros rostros? Rostros de niños. ¿Por qué no los veía? ¿Por qué los confundía con el rostro del conde Brass? ¿El conde Brass cuando era niño? No le conoció en aquel tiempo. Aún no había nacido.

El rostro del Conde Brass expresaba preocupación. Abrió los labios. Hablo.

-¿Sois vos, joven Hawkmoon?

-Sí, conde Brass, soy Hawkmoon. ¿Moriremos juntos?

Sonrió a la visión.

-Aún delira -dijo una voz triste que no era la del conde Brass-. Lo siento, mi señor. Tendría que haberle detenido.

Hawkmoon reconoció la voz del capitán Josef Vedla.

-¿Capitán Vedla? ¿Habéis venido a sacarme del pantano por segunda vez?

Una cuerda cayó cerca de la mano libre de Hawkmoon. Pasó la muñeca por el lazo de manera automática. Alguien empezó a tirar de la cuerda. Se liberó del barro poco a poco.

Aún le dolía la cabeza, como si no se hubiera librado de la Joya Negra. El dolor disminuía y su mente adquiría mayor lucidez. ¿Por qué estaba reviviendo un incidente tan trivial de su vida, a pesar de que la muerte le había rondado?

-¿Yisselda?

Buscó el rostro entre los que le rodeaban, pero la fantasía se aferraba a su cerebro. Aún veía al conde Brass, rodeado por sus fieles soldados de la Kamarg. No había ninguna mujer.

-¿Yisselda? -repitió.

-Vamos, muchacho -dijo el conde Brass en voz baja-, os conduciremos de vuelta al castillo de Brass.

Los fuertes brazos del conde le izaron y cargaron hasta un caballo que esperaba.

-¿Podéis montar? -preguntó el conde Brass.

-Sí.

Hawkmoon subió a la silla del caballo con cuernos y estiró la espalda. Osciló un poco mientras sus pies buscaban los estribos.


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