Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.77
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Adaz Promp salió despedido de su montura y cayó a los pies del conde Brass, que lo mató al instante. Mygel Holst intentó incorporarse, abrió los brazos y suplicó clemencia. La cabeza de Mygel Holst saltó por los aires. Sólo quedaba uno vivo, Saka Gerden, tocado con su enorme yelmo de toro, que se puso en pie y agitó la cabeza cuando el yelmo espejeante le cegó.
Hawkmoon se precipitó hacia adelante, sin dejar de gritar.
-¡Conde Brass! ¡Conde Brass!
Aun a sabiendas de que todo era un sueño, un recuerdo distorsionado de la batalla de Londra, seguía en la creencia de que debía acercarse a su amigo. Antes de que pudiera llegar a su lado, vio que el conde Brass se quitaba el casco y se enfrentaba a Saka Gerden a cara descubierta. Después, los dos se aproximaron.
Hawkmoon peleaba fieramente, con el único objetivo de ponerse al lado del conde Brass.
Y entonces, Hawkmoon vio que un jinete de la Orden del Macho Cabrío, armado con una lanza, atacaba al conde por detrás. Hawkmoon gritó, espoleó a su caballo y hundió la Espada del Amanecer en la garganta del jinete, justo cuando el conde Brass partía en dos el cráneo de Saka Gerden.
Hawkmoon propinó una patada al estribo del caballo para liberarlo del cadáver que arrastraba.
-¡Un caballo para vos, conde Brass! -gritó.
El conde Brass dirigió a Hawkmoon una breve sonrisa de agradecimiento y saltó a la silla, olvidando el yelmo espejeante en el suelo.
-¡Gracias! -gritó el conde Brass, haciéndose oír por encima del fragor de la batalla-. Deberíamos reagrupar nuestras fuerzas para lanzar el asalto final.
Su voz poseía un eco peculiar. Hawkmoon se balanceó en la silla y el dolor que le provocaba la Joya Negra aumentó de intensidad. Intentó contestar, pero fue incapaz. Buscó con la mirada a Yisselda entre las filas de su ejército, pero no la vio.
Tuvo la impresión de que el caballo galopaba a mayor velocidad a medida que el estruendo de la batalla disminuía. De repente, un viento fuerte y frío le arrebató del caballo, un viento muy parecido al que soplaba en la Kamarg.
El cielo se oscureció. Había dejado atrás la batalla. Empezó a caer. Vio cañas oscilantes donde antes habían hombres luchando. Vio lagunas centelleantes y pantanos. Oyó el lejano ladrido de un zorro de los pantanos y pensó que era la voz del conde Brass.
Y el viento cesó de súbito.
Intentó moverse, pero algo atenazaba su cuerpo. Ya no llevaba el casco espejeante. Ya no blandía la espada. Su vista se aclaró cuando el terrible dolor abandonó su cráneo.
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