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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.75

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Taragorm había muerto.

Los animales invadieron la plataforma desde todos los lados.

El conde Brass lanzaba gritos de júbilo cada vez que su espada segaba vidas, cada vez que la sangre brotaba a la luz de las antorchas, cada vez que los hombres chillaban y se derrumbaban.

Hawkmoon seguía luchando en el extremo del zigurat con los dos guardias.

De pronto, un fuerte viento se desencadenó en la caverna, un viento que silbaba y ululaba.

Hawkmoon hundió la punta de su espada en la mirilla del guerrero más cercano. Liberó la espada y atacó al segundo, alcanzándole con el filo en el cuello. La violencia del golpe rompió el metal y segó la yugular. Se encaminó hacia el conde Brass.

-¡Conde Brass! -gritó-. ¡Conde Brass!

Kalan jadeaba de pánico.

-¡El viento! chilló-. ¡El viento temporal!

Hawkmoon no le hizo caso. Su objetivo era llegar al lado de su amigo y morir con él, si era necesario.

Y el viento soplaba cada vez con más fuerza. Abofeteó a Hawkmoon. Apenas podía avanzar. Los guerreros de Granbretán caían por los lados del zigurat, empujados por el viento.

Hawkmoon vio que el conde Brass sujetaba la espada con ambas manos. Su armadura aún brillaba como el sol. Había plantado sus pies sobre una pila de cadáveres y rugía con auténtico buen humor cuando las bestias se precipitaban sobre él, armadas con espadas, picas y lanzas. Movía su espada con la misma regularidad que había demostrado el péndulo de Taragorm.

Hawkmoon también reía. Si debían morir, no era una mala forma. Resistió el embate del viento y se preguntó de dónde procedería, mientras se esforzaba en llegar junto al conde Brass.

El viento se apoderó de él. Se debatió cuando el zigurat se alejó de sus pies y la escena empequeñeció. La figura del conde Brass era tan diminuta que apenas podía verla. La pirámide blanca de Kalan pareció romperse en pedazos cuando la dejó atrás. Kalan chilló cuando cayó hacia la refriega.

Hawkmoon intentó ver qué le sostenía, pero le resultó imposible. Tan sólo era el viento.

¿Cómo lo había llamado Kalan? ¿El viento temporal?

¿Habrían liberado otras fuerzas del tiempo y el espacio al matar a Kalan, producido acaso el caos que los experimentos de Kalan y Taragorm habían estado a punto de desencadenar?

El caos. ¿Se lo llevaría para siempre este viento temporal?

Pero no... Había abandonado la caverna y se encontraba en la mismísima Londra, pero no era la Londra reformada, sino la de los viejos tiempos: torres y minaretes demenciales, cúpulas incrustadas de joyas, que se alzaban a ambas orillas del río Thayme, rojo como la sangre.


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