Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.74
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-Mi vida significa poco en este momento. Ha sido por culpa de Hawkmoon que he sufrido tanto. Si ha de morir, concededme como mínimo el placer de aniquilarle. Ahora comprendo que he soportado muchos padecimientos por alguien que, en realidad, es mi enemigo. Sí, dejadme matarle. Después, moriré. Y moriré vengado.
Estaba claro que el dolor había enloquecido al conde Brass. Puso los ojos en blanco. Sus labios se contrajeron en una mueca que reveló sus dientes marfileños.
-¡Moriré vengado!
Taragorm se quedó sorprendido.
-Esto es más de lo que esperaba. Nuestra fe en vos, conde Brass, estaba justificada, al fin y al cabo.
La voz de Taragorm transparentó su júbilo. Cogió la espada de mango de latón, que aún conservaba un guardia, y la ofreció al conde Brass.
El conde Brass cogió la espada con las dos manos. Miró a Hawkmoon con los ojos entornados.
-Me sentiré mejor si me llevo a un enemigo por delante -dijo el conde Brass.
Y alzó la gigantesca espada sobre su cabeza. Y la luz de las antorchas se reflejó en su armadura de latón, y dio la impresión de que su cuerpo y su cabeza brillaban como si el fuego los devorara.
Y Hawkmoon escrutó aquellos ojos amarillos y vio en ellos la muerte.
4. Huracán
Pero no fue su muerte lo que vio Hawkmoon.
Fue la muerte de Taragorm.
El conde Brass cambió de posición en un instante, gritó a Hawkmoon que se encargara de los guardias y descargó la maciza espada sobre la máscara en forma de reloj.
Surgió un aullido de la multitud cuando comprendió lo que estaba pasando. Las máscaras de animal se agitaron de un lado a otro cuando los súbditos del Imperio Oscuro empezaron a trepar por los escalones del zigurat.
Kalan gritó desde arriba. Hawkmoon volteó su espada y arrancó las lanzas flamígeras de las manos de los guardianes, que cayeron al suelo. La voz de Kalan siguió bramando histéricamente desde la pirámide.
-¡Idiotas! ¡Idiotas!
Taragorm se tambaleaba. Resultó evidente que era él quien controlaba el fuego blanco, porque centelleó alrededor del conde Brass cuando levantó la espada para asestar un segundo golpe. El reloj de Taragorm estaba roto, las manecillas torcidas, pero la cabeza debía continuar intacta.
La espada se hundió en la destrozada máscara y la partió en dos.
Y quedó al descubierto una cabeza pequeña en proporción al cuerpo sobre la que descansaba. Una cabeza redonda y fea, la cabeza de algo que habría surgido del Milenio Trágico.
Y entonces, un mandoble del conde Brass segó aquella cosa blanca, redonda y diminuta.
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