Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.73
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El conde Brass tenía el rostro demacrado. Sus labios sangraban. Sus ojos transparentaban terror.
-¿Queréis suicidaros, Hawkmoon, para poner fin a la agonía de vuestro amigo? -preguntó la burlona voz de Taragorm, muy cerca del duque de Colonia-. ¿Lo haréis?
-De modo que ésa es la alternativa. ¿Las predicciones os han informado de que vuestra causa triunfará si pongo fin a mi vida?
-Aumentará nuestras posibilidades. Sería mejor que el conde Brass os matara, pero en caso contrario... -Taragorm se encogió de hombros-. Vuestro suicidio es la siguiente mejor posibilidad.
Hawkmoon miró al conde Brass. Sus ojos se encontraron un instante. Contempló aquellas órbitas amarillentas, preñadas de dolor. Hawkmoon asintió.
-Lo haré, pero antes debéis liberar al conde Brass.
-Vuestra muerte liberará al conde Brass -respondió Kalan desde arriba-. Tranquilizaos.
-No confío en vos -replicó Hawkmoon.
Las fieras de abajo contuvieron el aliento, mientras aguardaban la muerte de sus enemigos.
-¿Os basta esta muestra de nuestra sinceridad?
La luz blanca que rodeaba a Hawkmoon también se desvaneció. Taragorm cogió la espada de Hawkmoon del soldado que aún la sujetaba. La tendió a Hawkmoon.
-Tomad. Ahora, podéis matarme o suicidaros. Tened por seguro que si me matáis, la tortura a que se ve sometido el conde Brass continuará. Si os suicidáis, se detendrá.
Hawkmoon se humedeció sus labios resecos. Miró sucesivamente al conde Brass, a Taragorm, a Kalan y a la multitud sedienta de sangre. Suicidarse por complacer a aquellos degenerados era odioso. No obstante, era la única forma de salvar al conde Brass. ¿Y el resto del mundo? Estaba demasiado aturdido para pensar en algo más, para meditar en otras posibilidades.
Movió la espada poco a poco, hasta apoyar el pomo en las losas y la punta bajo su peto, apretada contra su carne.
-Aun así, pereceréis -dijo Hawkmoon. Contempló a la aterradora muchedumbre con una sonrisa de amargura-. Tanto si vivo como si muero. Pereceréis porque vuestras almas están podridas. Ya perecisteis una vez, porque os volvisteis unos contra otros en respuesta al gran peligro que os amenazaba. Dirimisteis vuestras pendencias internas mientras atacábamos Londra. ¿Habríamos ganado sin vuestra ayuda? Creo que no.
-¡Silencio! -gritó Kalan desde la pirámide-. ¡Haced lo que habéis dicho, Hawkmoon, o el conde Brass volverá a bailar otra vez!
Y entonces, la voz profunda, poderosa y cansada del conde Brass sonó detrás de Hawkmoon.
-¡No! -dijo el conde Brass.
-Si Hawkmoon se vuelve atrás, conde Brass, volverán el fuego y el dolor... -dijo Taragorm, en el tono que emplearía para dirigirse a un niño.
-No -replicó el conde Brass-. No sufriré más.
-¿También deseáis suicidaros?
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