Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.72
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Y las luces de las antorchas revelaron murales, tallas y bajorrelieves que, a juzgar por sus detalles obscenos, eran obra del verdadero Imperio Oscuro. Y Hawkmoon adivinó que se encontraban en la verdadera Londra, en alguna caverna excavada bajo otra caverna, bajo los cimientos de la ciudad.
Intentó acercarse al conde Brass, pero la luz que rodeaba su cuerpo se lo impidió.
-¡Torturadme! -gritó Hawkmoon-. ¡Dejad al conde Brass y torturadme a mí!
Y de nuevo se escuchó la suave y sardónica voz de Taragorm.
-Pero si ya os estamos torturando, Hawkmoon. ¿A que sí?
-¡Éste es aquel que estuvo a punto de aniquilarnos! clamó la voz de Kalan desde arriba-. Éste es aquel que, impulsado por su orgullo, pensó que nos había destruido. Pero nosotros le destruiremos a él. Y su destrucción supondrá el fin de todas las trabas que nos constriñen. Resurgiremos, conquistaremos. Los muertos regresarán y nos guiarán... El rey Huon...
-¡Rey Huon! -vociferó la multitud enmascarada.
-¡Barón Meliadus! -gritó Kalan.
-¡Barón Meliadus! -chillaron las masas.
-¡Shenegar Trott, conde de Sussex!
-¡Shenegar Trott!
-¡Y todos los grandes héroes y semidioses de Granbretán regresarán!
-¡Todos! ¡Todos!
-Sí, todos regresarán. ¡Y todos se vengarán de este mundo!
-¡Venganza!
-¡Las Bestias se vengarán!
De pronto, la multitud se sumió en el silencio.
Y el conde Brass chilló otra vez, y trató de levantarse, y se golpeó el cuerpo, cada vez que el fuego azul lamía su cuerpo.
Hawkmoon vio que el conde Brass sudaba, que sus ojos ardían como si tuviera fiebre, que sus labios se agrietaban.
-¡Basta! -gritó. Intentó abrirse paso a través de la luz que le retenía, pero sin éxito-. ¡Basta!
Y las bestias rieron. Los cerdos gruñeron, los perros ladraron, los lobos aullaron y los insectos sisearon. El infinito dolor del conde Brass y la impotencia de su amigo provocaron sus risotadas.
Y Hawkmoon comprendió que estaban atrapados en un ritual, un ritual prometido a aquellos enmascarados a cambio de su lealtad hacia los impíos señores del Imperio Oscuro.
¿Y cuál sería la conclusión del ritual?
Empezó a adivinarlo.
El conde Brass rodó por el suelo y estuvo a punto de caer por el borde del zigurat. Y cada vez que se acercaba al borde, algo le empujaba de vuelta al centro. La llama azul roía sus nervios, y sus gritos aumentaban de intensidad. El dolor le robaba la dignidad, hasta la identidad.
Hawkmoon lloró, mientras imploraba a Kalan y Taragorm que pararan.
Por fin, cesaron en sus desmanes. El conde Brass se incorporó, tembloroso. La luz azul viró a la blanca, para desvanecerse a continuación.
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