Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.71
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Dio un pisotón en el suelo y los ecos se repitieron una y otra vez. Por lo visto, se encontraban en una especie de caverna.
La voz de Kalan resonó desde la pirámide.
-Ha llegado el momento. La resurrección de nuestro gran imperio se aproxima. Nosotros, que somos capaces de dar la vida a los muertos y la muerte a los vivos, que hemos permanecido fieles a las viejas costumbres de Granbretán, que hemos jurado restaurar su grandeza y su dominación sobre el mundo entero, traemos a los fieles al ser que más desean ver. ¡Mirad!
De repente, una luz bañó a Hawkmoon. No supo de donde procedía, pero la luz le cegó y obligó a protegerse los ojos. Maldijo y se volvió a uno y otro lado, con el fin de evitarla.
-¡Mirad cómo se retuerce! -dijo Kalan de Vitall-. ¡Mirad cómo se humilla nuestro archienemigo!
Hawkmoon se obligó a permanecer inmóvil y abrir los ojos, a pesar de la terrible luz.
Espantosos susurros, siseos y movimientos reptantes se sucedieron a su alrededor. Miró en torno suyo, pero no logró ver nada. Los susurros se convirtieron en un murmullo, el murmullo en un rugido y el rugido en una sola palabra, voceada por un millar de gargantas, como mínimo.
-¡Granbretán! ¡Granbretán! ¡Granbretán!
Y luego se hizo el silencio.
-¡Basta! -exclamó el conde Brass-. ¡Acabemos con...! ¡Ajjj!
Una extraña luminosidad rodeó al conde Brass.
-Y aquí tenéis al otro -dijo Kalan-. Fieles, miradle y odiadle, porque éste es el conde Brass. Sin su ayuda, Hawkmoon jamás habría podido destruir aquello que amamos. Mediante la traición, el robo, la cobardía y la ayuda de seres más poderosos que ellos, pensaron que podrían destruir el Imperio Oscuro, pero el Imperio Oscuro no ha sido destruido. ¡Su poder y grandeza no harán más que aumentar! ¡He aquí al conde Brass!
Y la luz blanca que rodeaba a conde Brass adquirió un peculiar tono azul, y la armadura de latón del conde Brass también se tiñó de azul, y el conde Brass se llevó sus manos enguantadas al yelmo y abrió la boca y emitió un chillido de dolor.
-¡Basta! -gritó Hawkmoon-. ¿Por qué le torturáis?
La voz de Taragorm, suave y complacida, se oyó muy cerca.
-Seguro que conocéis la explicación, Hawkmoon.
Se encendieron antorchas y Hawkmoon comprobó que, en efecto, se hallaban en una enorme caverna.Y los cinco (el conde Brass, lord Taragorm, los dos guardias y Hawkmoon) estaban sobre la cumbre de un zigurat erigido en el centro de la caverna, mientras el barón Kalan, encerrado en la pirámide, flotaba sobre sus cabezas.
Y bajo sus pies se hacinaban un millar de figuras enmascaradas, pantomimas de animales, con cabezas de cerdo, lobo, oso y buitre, que chillaban cuando el conde Brass chillaba, hasta que éste cayó de rodillas, rodeado todavía por la espantosa luz azul.
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