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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.70

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Adivinó que el conde Brass también estaba preguntándose si sería posible apoderarse de las lanzas flamígeras.

Kalan ya se encontraba en la pirámide blanca y realizaba ajustes en las pirámides más pequeñas suspendidas frente a él. Como todavía llevaba su máscara de serpiente, le costaba manipular los objetos y disponerlos a su plena satisfacción. Hawkmoon tuvo la impresión de que esta escena simbolizaba un aspecto capital de la cultura del Imperio Oscuro.

Por algún motivo, Hawkmoon experimentaba una serenidad singular mientras reflexionaba en la situación. El instinto le decía que se tomara su tiempo, que el momento crucial de entrar en acción no tardaría en llegar. Y por esta razón relajó su cuerpo y dejó de prestar atención a los guardias armados con lanzas flamígeras, concentrándose en lo que decían Kalan y Taragorm.

-La pirámide está casi dispuesta -dijo Kalan-, pero hemos de marcharnos cuanto antes.

-¿Vamos a hacinarnos todos en esa cosa? -rió el conde Brass.

Hawkmoon se dio cuenta de que el conde Brass también se tomaba su tiempo.

-Sí -contestó Taragorm-. Todos.

Y, mientras miraban, la pirámide empezó a expandirse, hasta aumentar el doble de su tamaño, el triple y el cuádruple, hasta ocupar toda la parte central del laboratorio. De pronto, el conde Brass, Hawkmoon, Taragorm y los dos guardias con máscaras de mantis fueron engullidos por la pirámide, en tanto Kalan, suspendido sobre sus cabezas, continuaba manipulando sus extraños controles.

-Como veis -dijo Taragorm, en tono risueño-, los talentos de Kalan siempre se basan en su comprensión de la naturaleza del espacio. La mía, por supuesto, se basa en la comprensión del tiempo. ¡Por eso hemos sido capaces de crear caprichos tales como la pirámide!

Y la pirámide empezó a viajar de nuevo por las infinitas dimensiones de la Tierra. Una vez más, Hawkmoon contempló escenas peculiares e imágenes extravagantes de su mundo, y muchas no se parecían a las que había visto durante su viaje al semimundo de Kalan y Taragorm.

Después, dio la impresión de que se hallaban de nuevo en las tinieblas del limbo. Lo único que Hawkmoon vio al otro lado de las fluctuantes paredes de la pirámide fue una oscuridad total.

-Ya hemos llegado -anunció Kalan, y giró un control de cristal.

El vehículo se encogió una vez más, hasta que apenas pudo contener el cuerpo de Kalan. Los lados de la pirámide se desdibujaron y adoptaron su acostumbrada blancura cegadora. Colgada sobre la negrura que se extendía sobre sus cabezas, daba la impresión de que sólo iluminaba sus inmediaciones. Hawkmoon no veía su cuerpo, ni mucho menos el de los demás. Sólo sabía que sus pies tocaban terreno firme y que su nariz percibía un olor rancio, a humedad.


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