Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.68
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-Sí. -Kalan meneó su gran máscara-, pero aún queda esperanza si vos conde Brass, matáis a Hawkmoon. Sois consciente de que vuestra amistad con él os condujo a la muerte..., u os conducirá a ella en vuestro futuro...
-¿De modo que Oladahn y los otros fueron devueltos a su tiempo, creyendo que habían soñado lo ocurrido aquí? -preguntó Hawkmoon.
-Incluso ese sueño se olvidará-dijo Kalan-. Nunca sabrán que intenté ayudarles a salvar sus vidas.
-¿Y por qué no me matáis vos, Kalan? Habéis gozado de la oportunidad. ¿Acaso, como sospecho, tal acción conduciría a vuestra destrucción?
Kalan no respondió, pero su silencio confirmó la veracidad de las palabras de Hawkrnoon.
-Y sólo si uno de mis amigos ya muertos me mata, será posible eliminar mi indeseable presencia de todos los mundos posibles que habéis explorado, de esos semimundos que vuestros instrumentos han detectado, en los que confiabais restaurar el Imperio Oscuro. ¿Por eso insistís tanto en que el conde Brass me mate? ¿Vuestra intención es, una vez superado ese obstáculo, restaurar el Imperio Oscuro, incólume, en su mundo original, gobernado por vosotros mediante esas marionetas?
Hawkmoon señaló a los muertos vivientes. Incluso la reina Flana había adoptado una actitud abúlica, pues su cerebro rechazaba la información que lo enloquecería.
-Parecerá que estas sombras sean los grandes señores de la guerra resucitados de entre los muertos, para apoderarse una vez más de la Granbretán. Incluso tendréis una reina Flana nueva, que renuncia al trono en favor de este Huon.
-Para ser un salvaje, sois un joven muy inteligente.
Una lánguida voz habló desde el umbral de la puerta. Hawkmoon desvió la vista hacia allí, sin que su espada se apartara un milímetro de la garganta de Kalan.
Vio una extraña figura, flanqueada por dos guardias que se cubrían con máscaras de mantis e iban armados con lanzas flamígeras. Su aspecto era resuelto. Por lo visto, había algo más que sombras en este mundo. Hawkmoon reconoció la figura, provista de una gigantesca máscara que era al mismo tiempo un reloj, el cual, mientras el desconocido hablaba, desgranó las ocho primeras notas de las Antipatías Temporales de Sheneven. Estaba hecho de latón dorado y esmaltado, los números eran de nácar y las manecillas de plata adornada con filigranas. Un péndulo de oro se balanceaba en una caja que llevaba sobre el pecho.
-Pensaba que también iba a encontraros aquí, lord Taragorm -dijo Hawkmoon.
Bajó la espada cuando las lanzas flamígeras apuntaron a su torso.
Taragorm del Palacio del Tiempo lanzó su carcajada dorada.
-Bienvenido, duque Dorian. Habréis observado que estos guardias no pertenecen a la compañía de los Soñadores.
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