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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.65

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Pese a estar congregados los más feroces señores de la guerra de Granbretán, ninguno atacó. Apenas estaban vivos. Sólo Flana, que aún vivía en el mundo de Hawkmoon, parecía capaz de hilvanar una frase coherente. Los demás parecían sonámbulos, capaces tan sólo de murmurar una o dos palabras. La entrada de Hawkmoon y el conde Brass en este siniestro museo de los vivos y los muertos provocó que se pusieran a balbucear, como aves en una pajarera.

Era aterrador, en especial para Dorian Hawkmoon, que había matado personalmente a muchos de los presentes. Se dirigió hacia Flana y se arrancó la máscara, para que viera su rostro.

-¡Flana! ¿No me reconoces? Soy Hawkmoon. ¿Cómo habéis llegado aquí?

-¡Quitadme la mano de encima, soldado! -dijo la mujer como un autómata, aunque era evidente que le daba igual. Flana nunca se había preocupado mucho por el protocolo-. No os conozco. ¡Poneos la máscara!

-Entonces, también te habrán arrebatado de una época anterior a nuestro encuentro..., o de otro mundo -dijo Hawkmoon.

-Meliadus... Meliadus... -susurró la voz del rey Huon en el globo-trono suspendido sobre sus cabezas.

-Rey... Rey... -dijo Meliadus.

-El Bastón Rúnico... -murmuró el obeso Shenegar Trott, que había muerto por intentar poseer aquel cetro mágico-. El Bastón Rúnico...

Sólo podían hablar de sus temores o ambiciones. Los principales temores y ambiciones que les habían impulsado a lo largo de sus vidas y provocado su ruina.

-Tenéis razón -dijo Hawkmoon al conde Brass-. Estamos en el mundo de los muertos. ¿Quién retendrá aquí a estos desdichados seres? ¿Con qué fin les han resucitado? Es como un obsceno depósito. Un botín humano: el botín del tiempo.

-Sí -resopló el conde Brass-. Me pregunto si, hasta hace poco, formaba parte de esta colección. ¿Podría ser posible, Dorian Hawkmoon?

-Todos son elementos del Imperio Oscuro. No creo que fuerais traído de una época anterior a la muerte de ellos. Vuestra juventud lo demuestra..., y vuestros recuerdos de la batalla de Tarkia.

-Gracias por tranquilizarme.

Hawkmoon se llevó un dedo a los labios.

-¿No habéis oído algo en el pasadizo?

-Ocultémonos en las sombras. Me parece que alguien se acerca. Notará que los guardias han desaparecido.

Ninguno de los presentes en la habitación, ni siquiera la reina Flana intentó impedir que se escondieran en el rincón más oscuro de la misma, resguardados por los cuerpos de Adaz Promp y Jherek Nankenseen, siempre inseparables, incluso en vida.

La puerta se abrió y apareció el barón Kalan de Vitall, Gran Maestre de la Orden de la Serpiente, profundamente irritado.

-¡La puerta abierta y los guardias ausentes! -rugió. Lanzó una mirada iracunda al grupo de muertos vivientes-.


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