Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.63
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Al instante, el conde Brass y Hawkmoon se colocaron en posición de combate, esperando que los dos hombres les atacaran. Las máscaras de mantis cabecearon, pero los soldados se limitaron a contemplar estupefactos al conde Brass y su compañero.
Uno de los soldados habló con voz apagada por la máscara.
-¿Por qué vais sin máscara, -preguntó-. ¿Cómo es eso?
Su voz sonaba vaga y distante, como la del conde Brass cuando Hawkmoon se encontró por primera vez con él en la Kamarg.
-Sí, tienes razón -contestó Hawkmoon-. Vais a darnos vuestras máscaras. I
-¡Pero ir sin máscara está prohiblido en los pasadizos! -dijo el segundo soldado, horrorizado.
Se llevó la mano enguantada a su casco en forma de gran insecto, como para protegerlo. Los ojos de mantis parecieron mirar con sorna a Hawkmoon.
-Entonces, tendremos que luchar por ellas -gruñó el conde Brass-. Desenvainad las espadas.
Los dos hombres sacaron lentamente sus espadas, y con la misma lentitud adoptaron posturas defensivas.
Fue horrible matar a aquel par, porque apenas se esforzaron en defenderse. Cayeron derribados en menos de medio minuto. Hawkmoon y el conde Brass procedieron de inmediato a despojarles de las máscaras y de sus uniformes de seda y terciopelo verde.
Lo hicieron a tiempo. Hawkmoon se estaba preguntando qué hacer con los cadáveres cuando, de repente, se desvanecieron.
El conde Brass resopló.
-¿Más brujería?
-O la explicación de por qué se comportaban de forma tan extraña -respondió Hawkmoon-. Han desaparecido como Bowgentle, Oladahn y D´Averc. La Orden de la Mantis era la más feroz de Granbretán, y sus miembros eran arrogantes, altivos y de reacciones rápidas. O esos tipos no eran de Granbretán, sino marionetas al servicio del barón Kalan, o eran de Granbretán, pero estaban en alguna especie de trance.
Hawkmoon se ajustó en la cabeza la máscara robada.
-Nos comportaremos del mismo modo, por si acaso -dijo-. Nos concederá ventaja.
Siguieron avanzando por los pasadizos, con parsimonia, al igual que los soldados.
-Al menos -susurró el conde Brass-, no nos costará librarnos de los cadáveres, si los que matamos se desvanecen con tal celeridad.
Se detuvieron ante varias puertas y trataron de abrirlas, pero todas estaban cerradas. Se cruzaron con muchos enmascarados, pertenecientes a las principales órdenes (el Cerdo, el Buitre, el Dragón, el Lobo), pero no vieron a miembros de la Orden de la Serpiente. Estaban seguros de que miembros de esta orden les conducirían a Kalan. En algún momento, también sería útil cambiar las máscaras de mantis por máscaras de serpiente. Por fin, llegaron ante una puerta más grande que las otras, custodiada por dos hombres que portaban las mismas máscaras que ellos.
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