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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.62

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Aceptó la máscara sin decir palabra y se la puso. Sus movimientos eran rápidos. Dijo algo a sus sirvientes y éstos le siguieron cuando salió del laboratorio.

Hawkmoon y el conde Brass abandonaron su escondite con cautela. Los dos habían desenvainado sus espadas.

Una vez seguros de que el laboratorio estaba desierto, pensaron en el siguiente paso.

-Quizá deberíamos esperar a que Kalan vuelva para matarle en el acto -insinuó el conde Brass-, y luego utilizamos su máquina para huir.

-Ignoramos cómo funciona esa máquina -recordó Hawkmoon a su amigo-. No, creo que deberíamos averiguar más cosas sobre este mundo y los planes de Kalan antes de pensar en matarle. Sabemos que cuenta con otros aliados, más poderosos que él, que no dudarán en llevar a la práctica sus planes.

-Tenéis razón -dijo el conde Brass-, pero este lugar me pone nervioso. Nunca me ha gustado el subsuelo. Prefiero los espacios abiertos. Por eso nunca me quedo demasiado tiempo en una ciudad.

Hawkmoon se puso a examinar las máquinas del barón Kalan. La apariencia de muchas le resultó familiar, pero no consiguió adivinar sus funciones. Se preguntó si lo mejor sería destruir las máquinas ipso facto, pero después decidió que sería más prudente descubrir para qué servían. Podían producir un desastre si jugaban con las fuerzas que Kalan estaba experimentando.

-Provistos de la ropa y las máscaras adecuadas -dijo Hawkmoon, mientras se encaminaban hacia la puerta-, tendríamos mejores posibilidades de explorar este lugar sin ser descubiertos. Creo que tal objetivo debería ser prioritario.

El conde Brass se mostró de acuerdo.

Abrieron la puerta del laboratorio y se encontraron en un pasadizo de techo bajo. Olía a moho y la atmósfera estaba enrarecida. En otro tiempo, todo Londra había hedido igual. Ahora que pudo examinar con mayor detenimiento los murales y tallas de las paredes, Hawkmoon llegó a la conclusión de que no estaban en la verdadera Londra. La ausencia de detalles saltaba a la vista. Los cuadros se delineaban primero y se llenaban después de colores fuertes, carentes de los tonos sutiles tan queridos por los artistas de Granbretán. Y si los colores se empleaban en la antigua Londra para crear un efecto, estos colores se habían seleccionado con muy escaso criterio. Era como si alguien que sólo hubiera pasado media hora en Londra intentara recrearla.

Incluso el conde Brass, que sólo había visitado Granbretán en una ocasión, en calidad de diplomático, reparó en el contraste. Continuaron adelante, sin tropezarse con nadie, intentando determinar dónde había ido el barón Kalan. De pronto, doblaron una esquina del pasadizo y se toparon con dos soldados de la Orden de la Mantis (la antigua orden del rey Huon), armados con lanzas largas y espadas.


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