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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.60

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El conde cayó de bruces a los pies de Hawkmoon, sin soltar la espada.

-El zafiro -apremió Rinal-. Tocad el zafiro. Es lo único que debéis hacer. ¡Os deseo suerte, Dorian Hawkmoon, en esa otra Londra!

De pronto, dio la impresión de que la esfera giraba alrededor de ellos, mientras el conde Brass y él permanecían inmóviles. Una negrura total cayó sobre ambos y vieron la pirámide blanca a través de las paredes de la esfera.

Al instante siguiente vieron la luz del sol y un paisaje de rocas verdes. Se esfumó con tanta rapidez como había aparecido. Siguió una sucesión de imágenes.

Megalitos de luz, lagos de metal hirviente, ciudades de cristal y acero, campos de batalla en que luchaban miles de hombres, bosques recorridos por gigantes tenebrosos, mares helados... y siempre la pirámide delante de ellos, mientras pasaba de un plano a otro de la Tierra, por mundos que parecían totalmente distintos y mundos que parecían absolutamente idénticos al de Hawkmoon.

Hawkmoon había viajado por las dimensiones en una ocasión anterior, pero entonces escapaba de un peligro. Ahora, se dirigía a su encuentro.

El conde Brass habló por primera vez.

-¿Qué ha pasado? Recuerdo que intenté atacar al barón Kalan, tras decidir que, aunque me enviara al limbo, le arrancaría antes la vida. Al instante siguiente, me encontré en este..., en este carruaje. ¿Dónde está Bowgentle?

-Bowgentle había empezado a comprender el plan de Kalan -dijo Hawkmoon en tono sombrío, sin apartar los ojos de la pirámide-. Y Kalan le devolvió al lugar de donde procedía, pero Kalan también desapareció. Dijo que, por los motivos que sean, sólo puede matarme un amigo, alguien que haya servido al Bastón Runico. Y así, mi amigo se
aseguraría la vida.

El conde Brass se encogió de hombros.

-Aún me huele a un siniestro complot. ¿Qué más da quien os mate?

-Bien, conde Brass -dijo Hawkmoon con serenidad-. He repetido a menudo que habría dado cualquier cosa por que no hubierais muerto en aquel campo de batalla de Londra. Hasta habría dado mi vida. Por lo tanto, si llega un momento en que os cansáis de todo esto..., podéis matarme.

El conde Brass lanzó una carcajada.

-Si deseáis morir, Dorian Hawkmoon, estoy seguro de que encontraréis a alguien más avezado a los crímenes a sangre fría en Londra, o dondequiera que nos dirijamos. -Envainó su gran espada-. ¡Reservaré mis fuerzas para dar buena cuenta del barón Kalan y sus esbirros cuando lleguemos allí!

-Si no nos esperan -dijo Hawkmoon, mientras las escenas se sucedían a una velocidad todavía mayor. Se sintió mareado y cerró los ojos-. ¡Este viaje por el infinito se me antoja de una duración infinita! Una vez maldije al Bastón Rúnico por meterse en mis asuntos, pero ahora me gustaría tener a mi lado a Orland Fank, para que me aconsejara.


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