Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.59
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Bowgentle palideció.
Hawkmoon se preparó para intervenir, intrigado por la inmovilidad del conde Brass, al parecer indiferente a lo que sucedía. Entonces, notó una leve presión en su hombro. Sobresaltado, se volvió y echó mano a la espada, pero se trataba de Rinal, casi invisible.
-La esfera se acerca -susurró Rinal-. Es vuestra oportunidad de seguir a la pirámide.
-Pero Bowgentle está en peligro... -murmuró Hawkmoón-. He de procurar salvarle.
-No podréis salvarle. Es poco probable que sufra algún daño, que recuerde un sólo detalle de estos acontecimientos..., como un sueño que se desvanece.
-Pero es mi amigo...
-Le prestaréis mejor servicio si encontráis una forma de detener las actividades de Kalan para siempre -respondió Rinal.
Varios seres fantasmales flotaban por la calle hacia ellos. Transportaban una gran esfera que proyectaba una luz amarillenta.
-Podréis seguir a la pirámide a los pocos momentos de su desaparición.
-Pero el conde Brass... Kalan lo ha hipnotizado.
-El efecto se disipará cuando Kalan se marche.
-¿Por qué teméis a mis conocimientos, barón Kalan? -estaba diciendo Bowgentle-. Sois poderoso. Yo soy débil. ¡Sois vos quien me manipula!
-Cuanto más sepáis, menos predecible sois -contestó Kalan-. Es sencillo, sir Bowgentle. Adiós.
Bowgentle lanzó un grito e hizo ademán de escapar. Se puso a correr y se fue evaporando mientras huía, hasta desaparecer por completo.
Hawkmoon oyó las carcajadas del barón Kalan. Una risa familiar. Una risa que había aprendido a odiar. Sólo la mano de Rinal sobre su hombro impidió que atacara a Kalan. Éste, ignorante de que le espiaban, se dirigió al conde Brass.
-Saldréis ganando, conde Brass, si me sirves. Hawkmoon se interpone una y otra vez en mi camino. Pensaba que era fácil eliminarle pero sale victorioso de todas mis celadas. A veces, creo que es eterno... Tal vez inmortal. Sólo si otro héroe, otro campeón de ese dichoso Bastón Rúnico le mata, los acontecimientos se desarrollarán de la forma que a mí me interesa. De modo que matadle, conde Brass. ¡La recompensa será la vida para vos y para mí!
El conde Brass movió la cabeza. Parpadeó. Miró a su alrededor como si no viera la pirámide, ni a su ocupante.
La pirámide brilló con una blancura lechosa, hasta adquirir una intensidad cegadora. El conde Brass maldijo y levantó el brazo para protegerse los ojos.
Y entonces, el resplandor se desvaneció y sólo fue posible distinguir un contorno desdibujado.
-Rápido -dijo Rinal-. A la esfera.
Mientras Hawkmoon pasaba por una entrada similar a una cortina de gasa, que se cerró al instante detrás de él, vio que Rinal flotaba hacia el conde Brass, se apoderaba de él y lo transportaba hasta la esfera, en cuyo interior le arrojó.
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