Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.56
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Hawkmoon sonrió al conde Brass.
-Tened paciencia, señor.
Este conde Brass era más impetuoso que el hombre a quien Hawkmoon había conocido. La razón estribaba, sin duda, en que era veinte años más joven. O tal vez, como Rinal había insinuado, no era el mismo hombre, sino uno muy parecido, de otra dimensión. De todos modos, pensó Hawkmoon, este conde Brass le gustaba, viniera de donde viniera.
-Nuestra sonda falla -dijo el ser fantasmal que controlaba la pantalla-. La dimensión que estamos examinando debe encontrarse a muchas capas de distancia.
Rinal asintió.
-Sí, muchísimas. En un lugar que ni siquiera nuestros aventureros antepasados exploraron. Nos costará encontrar una puerta.
-Kalan encontró una-señaló Hawkmoon.
Rinal dibujó la sombra de una sonrisa.
-¿Por accidente o a sabiendas, amigo Hawkmoon?
-A sabiendas, por supuesto. ¿En qué otro lugar habría encontrado otra Londra?
-Se pueden construir nuevas ciudades -adujo Rinal.
-Sí -dijo Bowgentle-, y también nuevas realidades.
6. Otra víctima
Los tres hombres aguardaron ansiosamente, mientras Rinal y su pueblo examinaban la posibilidad de viajar a la dimensión donde el barón Kalan se ocultaba.
-Como este nuevo culto se ha implantado en la Londra auténtica, deduzco que Kalan ha ido a visitar en secreto a sus partidarios. Eso explica el rumor de que algunos señores del Imperio Oscuro aún viven en Londra -musitó Hawkmoon-. Nuestra única oportunidad consistiría en ir a Londra y buscar a Kalan cuando realice su siguiente visita. La pregunta es si tendremos tiempo.
El conde Brass meneó la cabeza.
-Ese Kalan... Desea a toda costa lograr sus propósitos. No entiendo por qué está tan histérico, si puede manipular a su antojo todas las dimensiones del tiempo y el espacio. Y aunque en teoría puede manipularnos a su voluntad, no lo hace. Me pregunto por qué somos tan cruciales para sus planes.
Hawkmoon se encogió de hombros.
-Quizá no lo seamos. No sería el primer señor del Imperio Oscuro en perjudicar sus propios intereses por culpa de su sed de venganza.
Les narró la historia del barón Meliadus.
Bowgentle paseaba entre los instrumentos de cristal y trataba de comprender los principios de su funcionamiento, pero se rindió. Todos estaban inactivos, mientras el pueblo fantasma, en otra parte del edificio, atacaba el problema de diseñar una máquina que viajara entre las dimensiones. La posibilidad de adaptar el ingenio de cristal que transportaba su ciudad había sido desechada, pues necesitaban conservar la máquina por si algún peligro les amenazaba.
-Bien -dijo Bowgentle, mientras se rascaba la cabeza-, no entiendo nada. ¡Lo único que puedo aseguraros es que esas máquinas funcionan!
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