Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.55
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Mirad.
Hawkmoon, Bowgentle y el conde Brass se apretaron alrededor de la pantalla, que siguió a la pirámide lechosa hasta que se detuvo y se volvió transparente, revelando el rostro odioso del barón Kalan de Vitall. Sin saber que era observado por aquellos a quienes anhelaba destruir, salió de la pirámide y entró en una habitación amplia, tenebrosa y sucia, que bien podía ser una copia de su antiguo laboratorio en Londra. Repasó unas notas con el ceño fruncido. Apareció otra figura y le habló, aunque los tres amigos no oyeron nada. La figura iba ataviada a la antigua usanza del Imperio Oscuro; una enorme máscara, de aspecto engorroso, cubría su cabeza. La máscara era de metal, esmaltada en diferentes colores, e imitaba la forma de una serpiente.
Hawkmoon recordó que era la máscara de la Orden de la Serpiente, la orden a la que habían pertenecido todos los hechiceros y brujos de Granbretán. Mientras observaban la escena, el hombre de la máscara tendió otra máscara a Kalan, que se la puso a toda prisa, pues ningún granbretano de su especie podía soportar que un cofrade le viera sin máscara.
La máscara de Kalan también tenía forma de serpiente, pero más recargada que la de su criado.
Hawkmoon se acarició el mentón y se preguntó por qué percibía algo erróneo en la escena. Echó en falta la presencia de D´Averc, más familiarizado con las costumbres secretas del Imperio Oscuro, que habría despejado sus dudas.
Y entonces, Hawkmoon comprendió que aquellas máscaras eran más toscas que las que había visto en Londra, incluidas las que llevaban los sirvientes más humildes. El acabado de las máscaras, su diseño, no eran de la misma calidad. ¿Y por qué iban a serlo?
Las sondas siguieron a Kalan cuando salió del laboratorio y se internó en sinuosos pasillos, muy parecidos a los que comunicaban los edificios de Londra. Pero también estos pasillos eran sutilmente diferentes. El revestido de la piedra era muy pobre, las tallas y murales obra de artistas muy inferiores. Esto no habría sido tolerado en Londra, donde, pese a sus inclinaciones perversas, los señores del Imperio Oscuro habían exigido la mejor calidad, hasta en los más ínfimos detalles.
En este caso, los detalles escaseaban. Todo parecía la copia de un cuadro.
La escena fluctuó cuando Kalan entró en otra estancia, donde le aguardaban más enmascarados. Esta estancia también le resultó familiar, aunque tosca, como todo lo demás.
El conde Brass echó rayos y centellas.
-¿Cuándo podemos ir ahí? Es nuestro enemigo. ¡Demos buena cuenta de él ahora mismo!
-No es tan fácil viajar por las dimensiones -dijo Rinal-. Además, aún no hemos localizado con toda exactitud el lugar que estamos viendo.
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