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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.54

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Tardaremos cierto tiempo en activar las otras. ¿Os sería de ayuda?

-Sí -respondió Hawkmoon.

-¿Significa eso que tendremos alguna oportunidad de ponerle las manos encima a Kalan? -gruñó el conde Brass.

Bowgentle apoyó una mano sobre el hombro del que sería, años más tarde, su mejor amigo.

-Sois impetuoso, conde. Las máquinas de Rinal sólo pueden escudriñar estas dimensiones. Otro asunto muy distinto será, a mi entender, viajar por ellas.

Rinal inclinó su estrecha cabeza.

-Es verdad. Sin embargo, vamos a ver si podemos encontrar al barón Kalan del Imperio Oscuro. Es muy probable que fracasemos, porque hay una infinidad de dimensiones, sólo en esta Tierra.

Rinal y su gente pasaron casi todo el día siguiente ocupados en sus máquinas. Hawkmoon, Bowgentle y el conde Brass durmieron, reponiendo las fuerzas que habían dilapidado en el viaje a Soryandum y la lucha contra la bestia metálica.

Por la noche, Rinal entró flotando por la ventana. Los rayos del sol poniente parecían irradiar de su cuerpo opaco.

-Los artilugios están preparados -anunció-. ¿Queréis venir? Vamos a escudriñar las dimensiones.

El conde Brass se puso en pie de un salto.

-Allí vamos.

Los otros se levantaron cuando dos compañeros de Rinal entraron en la habitación y les transportaron en brazos hacia el piso de arriba, donde había agrupadas una serie de máquinas que jamás habían visto. Al igual que el artilugio de cristal empleado para desplazar a otra dimensión el castillo de Brass, eran joyas antes que máquinas, y algunas de estas joyas eran casi tan altas como un hombre. Ante cada una de las máquinas flotaba un ser fantasmal que manipulaba joyas más pequeñas, no muy diferentes de la pequeña pirámide que Hawkmoon había visto en las manos del barón Kalan.

Un millar de imágenes aparecían en las pantallas a medida que las sondas examinaban las dimensiones del multiverso. Mostraban escenas extrañas que parecían tener escasa relación con las Tierras que Hawkmoon conocía.

Por fin, horas más tarde, Hawkmoon gritó:

-¡Mirad! ¡Una máscara de animal!

El operador manipuló una serie de cristales, con la intención de fijar la imagen que había destellado tan fugazmente en la pantalla, pero se había desvanecido.

Las sondas reemprendieron la búsqueda. Hawkmoon creyó en dos ocasiones ver escenas que revelaban el paradero de Kalan, pero las escenas se perdieron las dos veces.

Y al final, por pura casualidad, vieron una resplandeciente pirámide blanca, indudablemente aquella en la que había viajado el barón Kalan.

Los sensores recibieron una señal muy fuerte, porque la pirámide estaba a punto de finalizar su regreso. A su base, esperó Hawkmoon.

-Es fácil seguirla.


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