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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.36

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-Exacto -contestó Oladahn-. Creo que eso refuerza mi aseveración, maese Bowgentle.

No tardaron en divisar el mar, cuyo brillo no podía ocultar la oscuridad.

Hawkmoon notó que los músculos de su estómago se tensaban, cuando pensó en la misteriosa pirámide que había incitado a sus amigos a matarle.

Cuando llegaron, la orilla estaba desierta, a excepción de algunos montones de algas, matojos de hierba que crecían sobre las dunas y las olas que lamían la playa. El conde Brass les guió hasta donde había levantado un toldo con su capa, detrás de una duna. Había comida y algunos instrumentos que había dejado cuando salió en busca de Hawkmoon. Durante el trayecto, los cuatro relataron a Hawkmoon cómo se habían encontrado; al principio, cada uno tomó al otro por Hawkmoon y le desafió a duelo.

-Aquí es donde aparece, cuando aparece -dijo el conde Brass-. Sugiero que os escondáis detrás de aquel cañaveral, duque Dorian. Luego, diré a la pirámide que os hemos matado, a ver qué pasa.

-Muy bien.

Hawkmoon soltó las lanzas flamígeras y condujo a su caballo hacia el cañaveral. Desde lejos vio que los cuatro hombres conversaban, y después oyó los gritos del conde Brass.

-¡Oráculo! ¿Dónde estás? Ya puedes liberarme. ¡Misión cumplida! Hawkmoon ha muerto.

Hawkmoon se preguntó si la pirámide, o quienes la manipulaban, contaban con medios de verificar las aseveraciones del conde Brass. ¿Observaban todo este mundo, o sólo una parte? ¿Tenían a su servicio espías humanos?

-¡Oráculo! -gritó de nuevo el conde Brass-. ¡He matado a Hawkmoon con mis propias manos!

Hawkmoon tuvo la impresión de que no habían conseguido engañar al supuesto oráculo. El mistral continuaba aullando sobre las lagunas y los marjales. El mar azotaba la orilla. La hierba y las cañas se agitaban. El amanecer estaba cercano. Pronto alumbrarían los primeros rayos grisáceos, y sus amigos no tardarían en desvanecerse.

-¡Oráculo! ¿Dónde estás?

Algo centelleó, pero debía ser una luciérnaga. Volvió a centellear en el mismo lugar, justo sobre la cabeza del conde Brass.

Hawkmoon cogió una lanza flamígera y buscó el botón que, cuando lo apretara, escupiría fuego rubí.

-¡Oráculo!

Apareció un contorno, blanco y tenue, la fuente de la luz centelleante. Era el contorno de una pirámide. Y dentro de la pirámide se veía una sombra más oscura, que se difuminó gradualmente a medida que el contorno se afianzaba.

Y después, una pirámide similar a un diamante, de la altura de un hombre, flotó sobre la cabeza del conde Brass, ladeada un poco a la derecha.

Hawkmoon aguzó la vista y el oído cuando la pirámide empezó a hablar


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