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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.9

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-¿Quién te lo ha dicho?

-¡Aquel al que vos asesinasteis! -gritó Czernik-. Aquel al que traicionasteis.

-¿Un muerto, al que yo traicioné?

-Aquel al que todos amamos. Aquel al que seguí por cien provincias. Aquel que salvó mi vida dos veces. Aquel al que, vivo o muerto, siempre rendiré lealtad.

Yisselda se estremeció detrás de Hawkmoon, incrédula.

-Sólo puede estar hablando de mi padre...

-¿Te refieres al conde Brass? -gritó Hawkmoon.

-¡Sí! -respondió Czernick, desafiante-. Al conde Brass, que llegó a la Kamarg hace tantos años y la libró de la tiranía. ¡Que combatió contra el Imperio Oscuro y salvó al mundo entero! Sus hazañas son bien conocidas. Lo que no se sabe es que en Londra fue traicionado por alguien que no sólo codiciaba a su hija, sino también a su castillo. ¡Y que mató por conseguirlos !

-Mientes -replicó Hawkmoon-. Si fueras más joven, Czernik, te desafiaría a defender con la espada tus repugnantes palabras. ¿Cómo puedes creer tales mentiras?

-¡Muchos las creen! -Czernik indicó a la multitud-. ¡Muchos han oído lo que yo he oído!

-¿Y dónde lo has oído? -preguntó Yisselda desde la balaustrada.

-En las tierras pantanosas que se extienden más allá de la ciudad. Por la noche. Alguna gente, como yo, al volver a casa desde otra ciudad... lo han oído.

-¿Y de qué labios mentirosos?

Hawkmoon temblaba de rabia. Había combatido al lado del conde Brass, cada uno dispuesto a morir por el otro..., y ahora se esparcía esta horrible mentira, una mentira insultante para la memoria del conde Brass. De ahí la cólera de Hawkmoon.

-¡De los labios del mismísimo conde Brass!

-¡Maldito borracho! El conde Brass está muerto. Tú mismo lo has dicho.

-Sí, pero su fantasma ha vuelto a la Kamarg. Cabalga a lomos de su gran caballo con cuernos, con su armadura de acero centelleante, el cabello y el bigote rojos como el latón, y los ojos como latón bruñido. Está en el pantano, traicionero Hawkmoon, al acecho. Y explica vuestra traición a aquellos que se topan con él, explica que le abandonasteis cuando sus enemigos le cercaron, que le dejasteis morir en Londra.

-¡Es mentira! -chilló Yisselda-. Yo estaba presente. Yo combatí en Londra. Nada podía salvar a mi padre.

-Y el conde Brass también me dijo -continuó Czernik, con voz más profunda pero audible- que os habíais conchabado con vuestro amante para traicionarle.

-¡Oh! -Yisselda se llevó las manos a los oídos-. ¡Esto es obsceno! ¡Obsceno!

-Cállate ya, Czernik -le conminó Hawkmoon-. ¡Contén tu lengua, pues has ido demasiado lejos!

-Os aguarda en los marjales.


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