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Al rescate de Tanelorn (Michael Moorcock) - pág.27

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Lamsar gruñó cuando vio que Rackhir le hacía señas para que subiera, pero lo hizo con mucha destreza. Rackhir fue el último; fue tras sus compañeros y ascendió la escalera elevándose en el cielo entre los escarpados peñascos, hacia la embarcación que navegaba en el aire.

La flota estaba compuesta por unas veinte o treinta naves y Rackhir pensó que con su ayuda había bastantes posibilidades de rescatar a Tanelorn ... si Tanelorn continuaba en pie. Porque, de todos modos, Narjahn estaría al tanto de la naturaleza de la ayuda que buscaba.



Los perros hambrientos recibieron el amanecer con sus ladridos famélicos, y la horda de pordioseros, que ya comenzaba a ponerse en marcha, vio que Narjhan había montado en su caballo y hablaba con una recién llegada, una muchacha ataviada con negras túnicas cuyos pliegues volaban a su alrededor como agitados por el viento, pero no había viento. De su largo cuello pendía una joya.

Cuando hubo concluido su conversación con la recién llegada, Narjhan dio órdenes para que le trajeran un caballo, y la muchacha lo siguió a poca distancia cuando el ejército de pordioseros avanzó para cubrir la última etapa de su detestable viaje a Tanelorn.

Cuando vieron la hermosa Tanelorn y lo mal vigilada que estaba, los pordioseros se echaron a reír, pero Narjhan y la recién llegada miraron hacia el cielo.

-Quizás hayamos llegado a tiempo -dijo la voz hueca, y dio la orden de atacar.

Aullando, los pordioseros echaron a correr hacia Tanelorn. El ataque había comenzado.

Brut se irguió en la silla de montar; las lágrimas le resbalaban por las mejillas y hacían brillar su barba. En una mano enguantada empuñaba la enorme hacha de guerra y en la otra sostenía la maza con púas cruzada sobre la silla.

Zas, el Manco, aferró el pesado chafarote con el dorado león rampante del pomo apuntando hacia abajo. Con ese acero había logrado conquistar una corona en Andlermaigne, pero dudaba que lograse defender con éxito la paz que había conseguido en Tanelorn. A su lado, Uroch de Nieva, pálido pero iracundo, contemplaba el implacable avance de la horda de harapientos.


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