Al rescate de Tanelorn (Michael Moorcock) - pág.18
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No cabía duda de que aquélla era la Montaña de la Severidad y de que no lejos de allí se extendía un océano tranquilo. Entraron por la abertura y se encontraron con un delicado paisaje. Habían logrado trasponer el último portal y se encontraban ya en el Dominio de los Señores Grises.
Vieron árboles que parecían telarañas inmóviles.
Aquí y allá había estanques azules poco profundos, con espejos de agua y graciosas rocas que surgían dentro de ellos y alrededor de sus orillas. A lo lejos, las suaves colinas se fundían en un horizonte amarillo pastel, teñido de rojo, naranja y azul.
Se sintieron grandes, torpes, como voluminosos gigantes, al pisar la hierba fina y corta. Tuvieron la sensación de estar destruyendo la santidad de aquel lugar.
Entonces vieron que una muchacha caminaba hacia ellos.
Se detuvo cuando se fueron acercando a ella. Vestía unas túnicas negras cuyos pliegues volaban a su alrededor como agitados por el viento, pero no había viento. La muchacha tenía el rostro pálido y afilado, y unos ojos negros, enormes y enigmáticos. De su largo cuello pendía una joya.
-Sorana -dijo Rackhir con voz apagada-, estabas muerta.
-Desaparecida -dijo ella-. Y vine a parar aquí. Me avisaron que llegarías y decidí venir a tu encuentro.
-Pero éste es el Domino de los Señores Grises..., y tú sirves al Caos.
-Es verdad... pero el Tribunal de los Señores Grises acoge a muchos, vengan de la Ley, del Caos o de donde sea. Acompáñame, te llevaré hasta allí.
Asombrado, Rackhir dejó que los condujera por el extraño terreno, y Lamsar fue tras él.
En otros tiempos, Sorana y Rackhir habían sido amantes en Yeshpotoom-Kahlai, la Fortaleza Impía, donde el mal florecía y era hermoso. Sorana, hechicera y aventurera, carecía de conciencia, pero sentía un gran aprecio por el Arquero Rojo, pues éste había llegado una noche a Yeshpotoom-Kahlal, cubierto de sangre, después de haber sobrevivido a un extraño combate entre los Caballeros de Tumbru y los Bandoleros de Loheb Bakra. Habían transcurrido siete años desde entonces, y él la había oído gritar cuando los Asesinos Azules habían entrado sigilosamente en la Fortaleza Impía, dispuestos a asesinar a los hacedores del mal.
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