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Al rescate de Tanelorn (Michael Moorcock) - pág.10

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El Arquero Rojo lo agarró de la mano y tiró de él como si acabara de rescatar al anciano de un vórtice. Permanecieron donde estaban durante largo tiempo, como hechizados, mientras el mar los llamaba y el viento los rozaba con su fría caricia.

En el brillo desolado de aquella costa extraña, bajo un sol que no daba calor, sus cuerpos brillaron cual estrellas en la noche mientras se dirigían en silencio hacia el bosque.

-¿Estamos atrapados, pues, en este Reino del Caos? -inquirió Rackhir finalmente-. Si nos cruzáramos con alguien, seguramente ese alguien querría hacernos daño..., ¿cómo vamos a formular nuestra pregunta?

En ese momento, salió del bosque una enorme figura desnuda y retorcida como el tronco de un árbol; era verde como una lima y tenía un rostro jovial.

-Salve, infelices renegados -dijo.

-¿Dónde está el siguiente portal? -preguntó Lamsar sin perder tiempo.

-A punto estuvisteis de trasponerlo, pero os alejasteis -repuso el gigante con una carcajada-. Ese mar no existe... está ahí
para impedir que los viajeros traspongan el portal.

-Existe aquí, en el Reino del Caos -adujo Rackhir con voz apagada.

-Podríamos decir que sí..., pero ¿qué es lo que existe en el Caos aparte de los desórdenes de las mentes de los dioses que se han vuelto locos?

Rackhir había tensado su arco de hueso y colocado una flecha, pero lo hizo más que nada impulsado por su propia desesperanza.

-No dispares esa flecha -le pidió Lamsar en voz baja-. No todavía.

Se quedó mirando la flecha y mascullando entre dientes.

El gigante avanzó despreocupadamente hacia ellos y les dijo:

-Será un placer cobraros por vuestros crímenes. Porque soy Hionhurn, el Verdugo. Vuestra muerte os resultará placentera, e insoportable vuestro destino.

Se acercó a ellos con las garras tendidas.

-¡Dispara! -gruñó Lamsar, y Rackhir acercó la cuerda del arco a su mejilla, tiró con fuerza y soltó la flecha, que fue a clavarse en el corazón del gigante-. ¡Corre! -gritó Larnsar, y a pesar de sus presentimientos, corrieron de vuelta hacia el gigantesco rugido del que acababan de huir y, al llegar al borde del mar, en lugar de correr hacia el agua, se encontraron en una cadena de montañas desnudas.


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