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Al rescate de Tanelorn (Michael Moorcock) - pág.7

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El jefe de los aldeanos los llevó a su casa y les ofreció comida

-Habéis llegado en un momento de descanso -les dijo-, pero no temáis, las cosas volverán pronto a su curso. Me llamo Yerleroo.

-Buscamos el siguiente portal -le anunció Lanisar, respetuoso- y nuestra misión es urgente. Debéis perdonarnos pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo.

-Vamos -dijo Yerleroo-, todo está a punto de comenzar. Nos veréis en nuestro mejor momento y debéis acompañarnos.

Los aldeanos se habían reunido en el anfiteatro, alrededor de la plataforma central. La mayoría tenía la piel y el pelo claros y todos sonreían y estaban alegres, pero había unos cuantos que pertenecían a otra raza, pues eran morenos, de negros cabellos y no se les veía tan contentos.

Presintiendo algo ominoso en lo que veía, Rackhir formuló la pregunta sin ningún preámbulo:

-¿Dónde está el siguiente portal?

Yerleroo vaciló, movió la boca, luego sonrió y repuso:

-Donde confluyen los vientos.

-Eso no es una respuesta -declaró Rackhir, enfadado.

- Sí que lo es -le dijo Lamsar en voz baja-. Una respuesta

-Y ahora a bailar -dijo Yerleroo -. Primero veréis cómo bailamos nosotros y luego deberéis uniros a nosotros.

-¿Bailar? -inquirió Rackhir, deseando haber llevado una espada o por lo menos una daga.

-Sí..., os gustará. A todo el mundo le gusta. Verás que te hace bien.

-¿Y si no deseáramos bailar?

-Debéis hacerlo..., es por vuestro propio bien.

-Y ése -dijo Rackhir señalando a uno de los hombres con cara adusta-, ¿disfruta ése del baile?

-Es por su propio bien.

Yerleroo batió palmas y de inmediato, los aldeanos rubios comenzaron una danza frenética. Algunos de ellos cantaban. Los aldeanos de rostro adusto no cantaban. Después de vacilar un momento comenzaron a realizar unos movimientos sin gracia, sus caras ceñudas contrastaban con sus cuerpos desgarbados. Al cabo de un rato, toda la aldea estaba bailando, dando vueltas y cantando una monótona canción.

Yerleroo pasó girando al lado de los forasteros y les ordenó:


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