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Al rescate de Tanelorn (Michael Moorcock) - pág.4

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Si logro dar con ellos y conseguir su ayuda, no tardaréis en enteraros. Si no lo logro, deberéis morir defendiendo a Tanelorn, y si vivo, me uniré a vosotros en esa última batalla.

-Está bien -dijo Brut-, vete ya, Arquero Rojo. Que sea una de tus flechas quien mida tu velocidad.

Llevándose consigo poco más que el arco de hueso y el carcaj repleto de flechas con plumas escarlata, Rackhlr partió en dirección al Desierto de los Suspiros.

Desde Nadsokor, al sudoeste de la tierra de Vilmir, pasando por el escuálido país de Org donde se encuentra el horrible bosque de Troos, la horda de pordioseros dejó tras de sí un reguero de fuego y horror negro; insolente y desdeñoso con aquellos mendigos, a pesar de encontrarse al frente de ellos, cabalgaba un ser vestido con una armadura completamente negra, un ser que poseía una voz que sonaba hueca en el interior del yelmo. La gente huía al verlos llegar, y dejaban yerma toda la tierra por donde pasaban. La gran mayoría sabía lo que había ocurrido, que contradiciendo sus tradiciones de siglos, los ciudadanos mendigos de Nadsokor habían salido de su ciudad con la fuerza del vómito para convertirse en una horda salvaje y amenazadora. Alguien los había armado, alguien los había guiado hacia el norte y el oeste, en dirección al Desierto de los Suspiros. Pero ¿quién los guiaba? La gente corriente lo ignoraba. ¿Y por qué se dirigían hacia el Desierto de los Suspiros? Más allá de Karlaak, ciudad que habían rodeado, no había ya poblados, sólo el Desierto de los Suspiros, y más allá aún, se extendía el confín del mundo. ¿Era aquélla su meta? ¿Acaso iban en busca de su propia destrucción cual si se tratara de una manada de lemmings? Era lo que todo el mundo esperaba, pues mucho era el odio que inspiraba aquella horrible horda.

Rackhir cruzó al galope el afligido viento del Desierto de los Suspiros, protegiéndose el rostro y los ojos de la arena que e arremolinaba por todas partes. Había cabalgado durante un día entero y tenía sed.


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