Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.51
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Anda y anda, anda y anda, salieron al medio día a un potrero. A la orilla de la montaña había una casita; por el techo salía un mechoncito de humo y por la puerta y la ventana un olor como a miel hirviendo.
Poquito a poco se fueron acercando y vieron en la ventana una cazuela con torrejas. Como estaban hilando de hambre, y el olor convidaba, no pudieron contenerse y se arrimaron a la ventana. La muchachita estiró la mano y se cachó una torreja. Del interior una voz ronca gritó: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los chiquitos se escondieron entre el monte y allí se repartieron su torreja, que lo que hizo fue alborotarles la gana de comer.
Otra vez se fueron acercando y pescaron otra torreja. Y otra vez la voz que gritaba: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los muchachos se escondieron, se comieron las torrejas y quisieron volver por más, pero da la desgracia que por querer salir a la carrera, lo hicieron muy ateperetadamente y la cazuela se volcó. A la bulla, se asomó la vieja, la dueña de la casa, que era una bruja más mala que el mismo Patas. Vió por donde cogieron las criaturas, se les puso atrás y al poco rato las agarró por las orejas y las trajo arrastrando hasta la casa.
Como estaban tan flacos que parecían fideos, la bruja les dijo que no se los comería,pero que los iba a engordar como a unos chanchitos, para darse cuatro gustos con ellos.
Los encerró entre una jaba y cada día les echaba los desperdicios, y como los pobres no tenían otra cosa, no les quedaba más que convenir y tragárselos.
Bueno, allá a los ocho días llegó la vieja y les dijo: -Saquen por esta rendija el dedito chiquito.
A la niña se le ocurrió que era para ver como andaban de gordura y entonces sacó dos veces un rabito de ratón que se había hallado en un rincón de la jaba. Como la vieja era algo pipiriciega, no echó de ver el engaño, y se fue más brava que un Solimán, al sentir aquellos deditos tan requeteflacos.
Y así fue por espacio de casi tres meses. Lo cierto del caso es que los chiquillos, quieras que no, no habían engordado con los desperdicios.
Pero dió el tuerce que un día, la niña no agarró bien el rabito de ratón al ponérselo a la bruja para que tocara, y se le quedó a ésta en la mano.
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