Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.48
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Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto, aquél era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, sólo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero sólo Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el podre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mal palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un podre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oir bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía: -¡Quien quiera que seas, sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dió con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: -Ñor hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta.
El preguntó: -¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: -Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.
-Para pagarte tu favor- le dijo- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", -y al punto saldré del cuerpo.
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