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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.39

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-Todo esto es nuestro- dijo el príncipe. Un enano venía cada semana a darme de latigazos y a mortificarme, y me enseño una vez estos tesoros y burlándose, dijo que serían míos el día que hubiera quien me desencantara. Yo le pregunté por llevarle el corriente, que cómo haría en tal caso para sacarlos, y él me contestó que inmediantamente habría un barco en el puerto, del que yo podría hacer y deshacer.
Se subieron a una altura y desde allí divisaron, efectivamente, un gran barco en el puerto.
Comenzaron a transportar las riquezas y cuando terminaron, se hicieron a la vela. Manos invisibles ejecutaban todos los trabajos que se necesitan en un buque. Así llegaron hasta un puerto del reino del príncipe. Los reyes, sus padres, aún vivían, muy viejitos y siempre pensando en su hijo desaparecido hacía tantos años. El príncipe envió a su amigo a prepararlos... ¿Para qué hablar de la felicidad de los reyes? Lo cierto es que no se quedó campana que no repicó, ni grano de pólvora que no reventó, en señal de alegría por el regreso del príncipe a quien todos creían muerto. Los reyes dieron al pueblo todos sus toros y vacas para que los mataran y los asaran en las plazas públicas y sacaron de sus bodegas todo el vino para que el pueblo comiera y bebiera hasta caer sentado. Tres días duró la parranda.
Al cotonudo lo querían casar con una de las hijas del rey, pero él les contó su compromiso y se despidió. El príncipe le dió un gran barco cargado con las dos terceras partes del tesoro sacado de la isla, y el rey y la reina una caja de oro que debía abrir el día de sus bodas.
Por fin partió con las bendiciones de toda aquella gente y al cabo de unos cuantos días de navegar llegó a su país. Salió del buque de noche para que no lo conocieran. Halló a su madre en la misma casa y hecha en tacaquito la vieja. La pobre ya casi no veía, de tanto llorar por su hijo.
¡Oh felicidad cuando reconoció a su muchacho!
Otro día, entre oscuro y claro, se metió en su cotón, y se puso el gran sombrero (ambas cosas las había dejado guardadas en su casa) y se fue a rondar el palacio. Observó que en las calles había mucho movimiento, que el palacio estaba iluminado como para una fiesta, que a cada instante llegaban coches de los que bajaban señoras y caballeros con vestidos resplandecientes.


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