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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.37

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Entonces le dijo: -Mire, es mejor que no pensemos en esto. Yo soy lo que se llama un arrancado. Es de las cosas que no hay que pensar dos veces, y lo mejor que yo puedo hacer es decirle adiós y no volver ni a pasar por esta calle.
Pero la princesa, que también era muy cabezona, se le prendió como una garrapata y acabó por hacerlo aceptar una bolsa llena de oro para que se fuera a tantear fortuna. Ella le juraba esperarlo. El partió a rodar tierras. Un día se embarcó, naufragó el buque en que iba, y por un milagro de Dios quedó vivo para contar el cuento.
Hecho un ¡ay! de mí, regresó a su país. Su madre lo recibió con gran alegría.
Allá, entre oscuro y claro, se envolvió en un cotón, se puso un gran sombrero, las dos únicas cosas que trajo de su viaje, y fue a pasearse frente al balcón de la princesa, para ver si podía entregarle una carta en la que le contaba sus desgracias y la conveniencia de que no lo esperara y se casara con un príncipe. Los que lo encontraban se decían: -¿Quién será ese cotonudo?- Consiguió lo que deseaba, pero la niña mandó a buscarlo y lo convenció de que debía recibir otra bolsa de dinero, pero en esta ocasión unos ladrones lo dejaron a buenas noches con cuanto llevaba.
Volvió a su país y otra vez a ponerse el cotón y el gran sombrero y otra vez a buscar a la princesa. Los que lo veían se preguntaban: -¿Quién será este cotonudo?- Y la criada de la princesa corrió a avisar a su ama que allí estaba "su cotonudo", y la princesa comprendió.
En esta ocasión fue más difícil el convencerlo de que debía recibir otra bolsa de oro, y la pobre niña tuvo que arrodillarse y llorar para que él la recibiera.
Se fue, se embarcó y por lo que se ve era más torcido que un cacho de venado, porque en una tempestad, el mar se tragó el barco en que iba, y a él lo arrojaron las olas a una isla desierta, sin más vestido que aquel con que Nuestro Señor lo echó a este mundo. Cuando volvió en sí, estaba tan desesperado que pensó que lo mejor que podía hacer era ahorcarse, y se puso a buscar unos bejucos resistentes y un palo en donde hacerlo.


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