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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.34

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La mica, que era cabezona como ella sola, no quiso hacer caso y le contestó:
-Mire, hijo, para el santo que es con un repique basta-. Y se pasó la lenguilla rosada por el pelo.
Lo mandó que se fuera adelante y ella se metió entre la carreta.
El príncipe encontró de camino a sus hermanos que iban en sendas carrozas de cuatro caballos, cada uno con su esposa llena de encajes y plumas que pegan al techo del coche. Eran hermosotas, no se podía negar, y el joven volvió la cabeza y pegó un gran suspiro cuando allá vió venir la carreta pesada y despaciosa.
-¿Y tu mujer? -preguntaron los hermanos.
- Allá viene en aquella carreta.
Las señoras se asomaron y se taparon la boca con el pañuelo para que su cuñado no las viera reir. Los príncipes se pusieron como chiles, al pensar lo que podrían imaginar sus mujeres al ver que su cuñada venía entre una carreta cubierta con un manteado como una campiruza cualquiera.
Llegaron a la puerta del palacio. El rey y la reina salieron a recibir a sus hijos. Las dos nueras al inclinarse les metieron los plumajes por la nariz. En esto la carreta quiso entrar en el patio, pero los guardias lo impidieron.
-¿Y tu esposa? -preguntó el rey al menor de sus hijos, que andaba para adentro y para afuera haciendo pinino.
-Allí viene entre esta carreta- contestó chillado.
-¡Entre esa carreta! Pero hijo, vos estás loco!
Y el gentío que estaba a la entrada del palacio se puso a silbar y a burlarse, al ver la carreta con su manteado detrás de aquellas carrozas que brillaban como espejos.
El rey gritó que dejaran pasar la carreta.
Y la carreta fue entrando, cararán cararán... Se detuvo frente a la puerta...
¡Al príncipe un sudor se le iba y otro se le venía! Deseaba que la tierra se lo tragara.
Tuvo que sentarse en una grada, porque no se podía sostener. ¡Ya le parecía oir los chiflidos de la gente donde vieran salir de la carreta una mica!
¡Pero fue saliendo una princesa tan bella que se paraba el sol a verla, vestida de oro y brillantes, con una estrella en la frente, riendo y enseñando unos dientes, que parecían pedacitos de cuajada!
Lo primero que hizo fue buscar al menor de los príncipes. Le cogió una mano con mucha gracia y le dijo: -Esposo mío, presénteme a sus padres-.


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