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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.30

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No vayamos a ninguna ciudad... metámonos entre esa montaña que se ve a su derecha y en ella encontraremos una casita que será nuestra vivienda.
El otro obedeció y a poco de internarse, dieron con una casa de madera que no tenía más que sala y cocina, con muebles pobres, pero todo que daba gusto de limpio. Al frente estaba una huerta y atrás un maizal y un frijolar, chayotera y matas de ayote que ya no tenían por donde echar ayotes.
La mica pidió al príncipe que fuera a buscar leña; ella cogió la tinaja y salió a juntar agua a un ojo de agua que asomaba allí no más. Un rato después, por el techo salía una columnita de humo y por la puerta, el olor de la comida que preparaba la mica y que abría el apetito.
Y así fue pasando el tiempo.
Los tres prícipes habían quedado en encontrarse al cabo de un año en cierto lugar.
El marido de la mica siempre estaba muy triste y pensaba no acudir a la cita. Pero ella, cuando se iba acercando el día señalado, le dijo: -Esposo mío, mañana váyase para que el sábado esté en el lugar en que encontrará sus hermanos.
El le preguntó: -¿Cómo sabés vos?
Pero ella guardó silencio.
De veras, otro día partió. La mica tenía los ojos llenos de agua al decirle adiós y a él le dió mucha lástima.
Cuando llegó al lugar, ya estaban allí sus hermanos, muy alegres. Le contaron que se habían casado con unas princesas lindísimas, que tenían unas manos que sabían hacer milagros.
El pobre no masticaba palabra y al oirlos, sentía ganas de que se lo tragara la tierra.
-Y vos, hombre, contanos cómo es tu mujer- le preguntaron.
No se atrevió a confesar la verdad y les metió una mentira: -Es una niña tan bella que se para el sol a verla, y sabe convertir los copos de algodón en oro que hila en un hilo más fino que el de una telaraña.
Y sus hermanos al escucharlo, sintieron envidia. Cuando llegaron donde sus padres, fueron recibidos con gran alegría. Cada uno se puso a poner a su esposa por las nubes.
-Bueno- les dijo el rey- quiero antes que nada ver los prodigios que saben hacer. Cada una va a hilar y a tejer una camisa para mí y otra para la reina, tan finamente, que un muchachito de pocos meses las pueda guardar en su mano.


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