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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.26

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-¿Cuál burriquito?, preguntó el otro sobresaltado.
-Pues el burriquito... usté sabe. ¿Y la servilletica, le ha servido de algo?
-No sé de qué me está hablando.
-¿Con que no lo sabe? Pues le voy a enseñar.
Y Juan puso la boca del saco en dirección del hombre y gritó:
-Escomponte, perinola.
La perinola que parecía un garrote, salió del saco disparada y comenzó a arriarle al hombre sin misericordia y le dió tal garroteada que lo dejó negrito de cardenales. El hombre gritaba pidiendo socorro, pero como había advertido a la familia que oyeran lo que oyeran, no se asomaran, nadie acudió a su auxilio.
Juan Cacho le preguntó:
¿Sabés ahora de cuál servilleta y de cuál burro te hablo?
-¡Sí sé! ¡Sí sé!, gritaba el hombre, y ahoritica mismo te los devuelvo, pero ve que ese garrote no me pegue más.
-Cuando me devolvás mis cosas, entonces...
La servilleta y el buroo le fueron devueltos. Cuando Juan Cacho se convenció de que eran los legítimos, se montó en su burro y con la servilleta entre la bolsa y el saco de la perinola al hombro, cogió camino para su casa. El hombre del sesteo se quedó en un quejido y su cuerpo parecía el de un crucificado.
Juan llegó a su casa. Apenas lo divisó su mujer, le gritó:
-¿Ya venís, poca pena? Vení acá y te contaré un cuento, gran atenido, que sólo servís para echar hijos al mundo y después no sabés mantenerlos. Y no te basta venir solo, sino que también traes el burro. De las costillas te voy a sacar mi cobija, gran tal por cual...
¡Ave María! La mujer parecía un toro guaco. Y los chiquillos malcriados, haciéndole segunda.
Juan Cacho no hizo caso y, tun tun, se metió en la casa, como sino fuera con él. La mujer y los chiquillos se metieron también insultándolo, Juan abrió el saco y cuando su mujer le iba a zampar ya la mano, gritó:
-Escomponte, perinola.
Y salió la perinola a cumplir con su deber y a darle a aquella alacrana. Hasta que sonaban los golpes: pan, pan... Y la mujer gritaba y gritaba pidiéndole auxilio.
De cuando en cuando la perinola les daba a probar también a los gülas que se habían metido debajo de la cama. Los vecinos acudieron, y como no les abrían, echaron la puerta abajo y también salieron rascando.
A la mujer, a punta de garrote, se le había bajado la cresta y muy humildita se puso a pedirle perdón a Juan y a decirle que no lo volvería a hacer, que en adelante iba a ser otra cosa.


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