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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.24

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-Hombre, Juan, ¿qué es eso?
Levantó los ojos y allí estaba Tatica Dios en persona, con un saco a la espalda, mirándolo, entre malicioso y compasivo.
¿Y eso qué es, Juan? ¿Mariqueando como las mujeres? Se veía que le quería meter ánimo.
-¿Pues no ves, Señor mío Jesucristo, que con el burro también me fue mal? Mientras la cosa era afuera, funcionaba muy bien, pero en cuanto llegué a mi casa, y había que enfrentarse a mi mujer, ¡adiós mis flores!... Lo que hizo fue una gracia en la cobija, y entre la mujer y los chiquillos me cogieron a cagajonazos. Y si no me las pinto, me matan.
-Pues hijó, yo lo que encuentro es que vos no te das a respetar de tu mujer ni de tus hijos, y eso va contra la Ley de Dios. Allí quien debiera tener los pantalones es tu mujer. Bueno es culantro, pero no tanto, hijo. Bueno es que seas paciente, pero no hasta el extremo. Vos debés amarrarte esos calzones, Juan, si no querés que tus hijos acaben por encaramársete encima y tu mujer te ponga grupera. Y mirá, muchacho, hay que tener su poquito de malicia en la vida, si no querés salir siempre por dentro. Vos sos muy confiado con todo el mundo; crees que todos son tan buenos como vos, ¡y qué va! Ese hombre del sesteo te ha jugado sucio, hombre de Dios, y ... no te digo más. Aquí te traigo, para ver si sabés sacarle partido.
Tatica Dios abrió el saco y sacó tamaña perinola que más parecía garrote que otra cosa.
-Poné atención, Juan, a lo que voy a decir:
-Escomponte, perinola.
Y la perinola salió del saco y comenzó a arriarle a Juan sin misericordia.
-¡Ay, ay, ayayay!, gritaba Juan. ¿Ideay, Señor, tras dao, meniao? Me arrea mi mujer y vos también, Señor. Qué esperanza me queda. ¡Ayayay!
Nuestro Señor dijo:
-Componte, perinola.
Y la perinola se metió muy docilita entre el saco, como si tal cosa.
-Es para que aprendás, Juan, a no dejarte. Es la última vez que te meto el hombro. Y si con esta no entendés, no tenés cuando, y mejor es que me dejés quieto. Yo no te digo que no seas bueno con tu prójimo, pero tampoco te dejés, porque eso es dejar lugar a que el egoísmo se extienda como una mata de ayote. Y no volvás por aquí, Juan y no te dejés.


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