Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.20
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Cuando terminó, todavía quedaban viandas como para una semana. Recogió la vajilla que era de oro y plata y de la más fina porcelana y puso todo lo que pudo en su saco, porque no creía que la cosa se repitiera. Luego se guardó la servilleta.
Allá de camino, por tantear, la volvió a extender sobre el zacate y dijo: «Servilletica, por la virtú que Dios te dió, dame de comer». Y otra vez apareció un banquete que se lo hubieran deseado los obispos y los reyes. Lo que hizo fue que en el primer rancho que encontró, avisó para que fueran a recoger todo aquello.
Juan Cacho pensó en su chiquillos hambrientos, y a pesar de lo mal criados que eran , y de su mujer, creyó que su deber era volver a donde ellos y darles de comer. Y se puso a imaginarlos sentados alrededor de un banquete como los que había tenido enfrente. Lo que voy a hacer, pensó, es no dejarlos comer mucho, para que no se empachen.
Al anochecer llegó a un sesteo. Bajo un gran higuerón y sentados alrededor de una gran fogata, había muchos boyeros y hombres que venían arreando ganado. Estaban tomando café que le habían comprado al dueño del sesteo. La verdad es que lo que vendía este hombre, no era café, sino agua chacha. Entonces Juan Cacho les dijo:
-Boten esa cochinada y van a probar lo que es café. ¡Y no van a tomar café vacío!...
Diciendo y haciendo, extendió en el suelo su servilleta y dijo: «Servilletica, por la virtú que Dios te dió, danos de comer». Y aparecieron el café, y la postrera y la natilla y los pollos asados y vinos y las sabrosuras. Toda aquella gente acostumbrada a arroz, frijoles y bebida, no se atrevían a tocar los ricos manjares.
Juan les dijo: «¡Ideay, viejos, aturrúcenle, que ahora es tiempo!»
Los arrieros no se hicieron de rogar. A poquito rato se les habían subido los tragos y aquello era parranda y media.
El dueño del sesteo era lo que se llama un hombre angurriento, de los que no pueden ver bocado en boca ajena, y en cuanto se dió cuenta del tesoro que era aquella servilleta, le echó el ojo.
Apenas vió que Juan Cacho se había dormido, le sacó la servilleta y le puso otra en su lugar. Y Juan, que había caído como una piedra, tan rendido estaba, y que además andaba medio tuturuto con los tragos que se había tomado, no sintió nada.
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