Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.19
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Y si Juan Cacho no se anda listo, no lo deja a oscuras.
Así que comieron y medio se calentaron, se echaron a dormir sobre la hojarasca.
Cuando comenzaron las claras del día, despertó Juan Cacho y vió al viejito dispuesto a darle agua a los caites. Hacía un frío que no se aguantaba. ¡Ah!, ¡un jarro de café bien caliente!, pensó Juan. El viejito, como si le estuviera leyendo el pensamiento, le dijo:
-Hombré, ¿te gustaría tomar una tasa de café acabadito de chorrear? Por supuesto que con eso no hizo más que alborotarle las ganas. El viejito se fue sacando de la bolsa una servilleta blanquitica que daba gusto. No parecía que entre el montón de chuicas que era el viejo, pudiera haber un trapo tan limpio.
-Tomá, le dijo, te voy a hacer este regalo.
-¿Y para qué quiero yo esto?, pensó Juan Cacho. Será para limpiarme el hambre de la boca...
Como si hubiera oído esta reflexión, el viejito le respondió:
-No creás, hijó. Esta es una servilleta de virtud. Te la doy para premiarte tu buen corazón. Me diste la mitad de lo que tenías. Yo sé que te quedaste con hambre por mí.
Juan se quedó viendo a su huésped y se puso en un temblor cuando se dió cuenta de que ya no era un viejito tulenquito, con una barbilla rala y cuatro mechas canosas, cubierto de chuicas, sino TATICA DIOS en persona, envuelto en resplandores. Juan se puso de rodillas y le rezó el Bendito Alabado. El señor le dijo:
-Extendé la servilleta en el suelo y decí: «Servilletica, por la virtud que Dios te dió, dame de comer».
Entonces la servilleta se hizo un gran mantel y sobre él apareció una gran cafetera llena de café caliente y aromático; un pichel lleno de postrera amarillita y acabada de ordeñar; un cerro de tortillas de queso, doradas, de esas que al partirlas echan un vaho caliente que huele a la pura gloria y que al partirlas hacen hebras; un tazón de natilla; bollos de pan dulce con su corteza morena, de los que se esponjan al partirlos y se ven amarillos de huevo y de aliño; tarritos de jalea de membrillo y de guayaba; pollos asados, frutas , en fin, tanta cosa que sería largo de enumerar.
Cuando Juan volvió a ver, ya Tatica Dios no estaba allí. Juan estaba muy asustado con la aparición, pero pudo más el hambre y se puso a comer todas aquellas ricuras con las que jamás había soñado su imaginación de pobrecito.
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