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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.15

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A cada una de las niñas le había regalado el rey un anillo nunca visto, y que se encomendara a Dios la que lo perdiera.
A la noche llegaron los dos vivos con el cuento de que el rey estaba que se lo llevaba la trampa, porque la menor de las princesas había perdido su sortija en la poza, y que Su Majestad había ofrecido que aquel que la encontrara, sería el marido de su hija.
Apenas amanaeció, corrieron los dos vivos a buscar en la poza, pero nada. Así que se fueron ellos, llegó el tonto con su varillita, tocó el agua y dijo: -Varillita, varillita, por la virtud que Dios te dió, reparame la sortija. -Y deveras, la sortija salió y se ensartó en la varillita. La guardó, tocó con su varillita la carga de leña, y pidió que ésta lo llevara al palacio del rey.
Cuando estuvo ante la puerta, los soldados que estaban de centinelas, lo cogieron de mingo, y por supuesto, no querían dejarlo entrar.
Pero el tonto armó un alboroto. El rey oyó y mandó a ver qué era aquella samotana y al saberlo ordenó que lo dejaran pasar.
Y fue subiendo escaleras arriba, arrodajado en su carga de leña y así entró en el salón, en donde estaba el rey con toda su corte. Bajó de su vehículo alguillo chillado, sacó la sortija de su bolsa y dijo: -Señor rey, aquí traigo la sortija de la niña, y a ver en qué quedamos de casamiento.
Todos al verlo entrar, reían a carcajadas y al oír sus pretensiones, quisieron echarlo a broma y a decir que la miel no se había hecho para los zopilotes. Pero cuando oyeron al rey decir que estaba dispuesto a cumplir lo prometido, se quedaron en el otro mundo.
La pobre princesa comenzó a hacer cucharas y por último soltó al llanto.
Las tres niñas se tiraron de rodillas ante su padre y se pusieron a rogarle, pero él les dijo: -Yo di mi palabra de rey y tengo que cumplirla.
Luego cogió a su hija menor por su cuenta y se puso a aconsejarla con muy buenas razones, porque este rey no era nada engreído: -Vea, hijita a nadie hay que hacerle ¡che! en esta vida. No hay que dejarse ir de bruces por las apariencias. ¡Quién quita que le salga un marido nonis! Y en esta vida, uno se hace ilusiones de que porque a veces se sienta en un trono es más que los que se sientan en un banco.


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