Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.13
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Agárralo ojalá dormido y me lo traes. Míra que si otra vez te dejas enñagar, quedás en los petates conmigo.
A la Muerte le entró verguencilla y siguiendo los consejos de Nuestro Amo, bajó de noche y cuando Uvieta estaba bien privado, lo cogió de las mechas, arrió con él para el otro mundo y lo dejó en la puerta de la Gloria para que allí hicieran con él lo que les diera la gana.
Cuando San Pedro abrió la puerta por la mañana, se va encontrando con mi señor de clucas cerca de la puerta y como con abejón en el buche.
San Pedro le preguntó quién era, y al oír que Uvieta, le hizo la cruz. Si no hubiera estado en aquel sagrado lugar, le hubieran dicho: -¡Te me das de aquí, puñetero! -Pero como estaba, y además él es un santo muy comedido, le dijo: -¡Te me vas de aquí, que bastante le has regado las bilis a Nuestro Señor!
- ¿Y para dónde cojo?
- ¿Para dónde? Pues para el infierno, pero es ya, con el ya.
Uvieta cogió el camino del infierno. El diablo se estaba paseando por el corredor. Ver a Uvieta y salir despavorido para adentro, fue uno. Además atrancó bien la puerta y llamó a todos los diablos para que trajeran cuanto chunche encontraran y lo pusieran contra la puerta, porque allí estaba Uvieta el hombre que lo había hecho polvo.
Uvieta llegó y llamó pero antes usaban llamar las gentes cuando llegaban a una casa: -¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! -Por supuesto que al oír esto los demonios se pusieron como si les mentaran la mama.
Y allí estuvo el otro como tres días, dándole a la puerta y ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!
Como no le abrían, se devolvió. Cuando iba pasando frente a la puerta del Cielo, le dijo San Pedro: -¿Idiai, Uvieta, todavía andás pajareando?
-¿Idiai, qué quiere que haga? Allí estoy hace tres días dándole a aquella puerta y no me abren.
-¿Y eso qué será? ¿Cómo llamás vos?
- ¿Yo? Pues: ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!
La Virgen estaba en el patio dando de comer a unas gallinas que le habían regalado, con el pico y las patitas de oro y que ponían huevos de oro. Cuando oyó decir: ¡Ave María Purísima! se asomó creyendo que la llamaban.
Al ver a Uvieta se puso muy contenta.
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