Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.11
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Bueno, pasaron los días y Uvieta vuelto turumba con su palo de uvas. Y nadie le cachaba.
Ya todo el mundo sabía que el que se encaramaba en el palo de uva, no podía bajar sin el permiso de Uvieta.
Un día pensó Nuestro Señor: -¡Qué engreidito que está Uvieta con su palo de uva! Pues después de un gustazo, un trancazo. -Y Tatica Dios llamó a la Muerte y le dijo: -Andá jalámele el mecate a aquel cristiano que ya ni se acuerda que hay Dios en los Cielos por estar pensando en su palo de uvas.
Y la Muerte, que es muy sácalas con Tatica Dios, bajó en una estampida. Llegó donde Uvieta y tocó la puerta. Salió el otro y se va encontrando con mi señora. Pero no se dió por medio menos y como si la viera todos los días, le dijo:
-¡Adiós trabajos! ¿Y eso qué anda haciendo comadrita?
-Pues que me manda Nuestro Señor por vos.
- ¿Idiay, pues no quedamos en que yo me iría para el otro lado cuando a mí me diera la gana?
-No sé, no sé, -contestó la Muerte. -Donde manda capitán no manda marinero.
¡Ay! Como no se le vaya a volver la venada careta a Nuestro Señor. -Pensó Uvieta.
-Bueno, comadrita, pase adelante y se sienta mientras voy a doblar los petates.
La Muerte entró y Uvieta la sentó de modo que viera el palo de uvas que estaba que se venía abajo de uvas. - Aviaos que no le fueran a dar ganas de probarlas! -La Muerte al verlo no pudo menos que decir: -¡Qué hermosura, Uvieta!
Y el confisgao de Uvieta que se hacía que estaba doblando los petates, le respondió: -¿Por qué no se sube, comadrita, y come hasta que no le quepan?
La otra no se hizo de rogar y se encarmó.
Verla arriba Uvieta y comenzar a carcajearse como un descosido, fue uno.
-Lo que el sapo quería, comadrita -le gritó- .A ver si se apea de allí hasta que a mí me dé mi regalada gana.
La muerte quería bajar, pero no podía, y allí se estuvo y fueron pasando los años y nadie se moría. Ya la gente no cabía en la tierra, y los viejos caducando andaban dundos por todas partes, y Nuestro Señor como agua para chocolate con Uvieta, y recados van y recados vienen: hoy mandaba al gigantón de San Cristóbal, mañana a San Luis rey, pasado mañana a San Miguel Arcángel con así espada: -Qué Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor que dejés apearse a la Muerte del palo de uva, que si no vas a ver la que le va a pasar.
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