Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.10
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La viejita le dijo: -Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor, mi hijo, que si se te ofrece algo, se lo pidás.
Uvieta no era nada ambicioso y contestó: - No, Mariquita dígale que muchas gracias, con el saco tengo. Panza llena, corazón contento. ¿Qué más quiero?
La Virgen se puso a suplicarle: -¡Jesús, Uvieta, no seas tan malagradecido! No me despreciés a mí. ¡Ajá, a José sí pudiste pedirle, y a mí que me muerda un burro!
Entonces a Uvieta le pareció muy feo despreciar a Nuestra Señora y le dijo: -Pues bueno: como yo me llamo Uvieta que me siembre allá en casa un palito de uvas y que quienes se suba a él no se pueda bajar sin mi permiso.
La Virgen le contestó que ya lo podía dar por hecho y se despidió de Uvieta.
Este siguió su camino y encontró otro quebrada. Le dieron ganas de tomar agua y se acercó. En la corriente vió pasar muchos pecesitos muy gordos. Como tenía hambre dijo: -Vengan estos peces ya compuesticos en una salsa tan rica, que era cosa de reventar comiéndolos.
Después siguió su camino y se salió un viejito que le dijo: -Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor qué si se te ofrece algo. El no viene en persona porque no es conveniente, vos ves... ¡Al fin El es Quien es! ¡Qué parecía que El tuviera que repicar y andar la procesión!
-Yo no quiero nada- respondió Uvieta.
-¡No seas sapance, hombre! Pedí, que en la Gloria andan con vos ten que ten. No te andés con que te da pena y pedí lo que se te antoje, que bien lo mereces.
-¡Ay, qué santico este más pelotero! -pensó Uvieta y quería seguir su camino pero el otro detrás con su necedad y por quitarse aquel sinapismo de encima, le dijo Uvieta: -Bueno es el culantro pero no tanto. ¡Ave María! ¡Tántas aquellas por unos bollos de pan! Bueno, pues decile a Nuestro Señor que lo que deseo me deje morirme a la hora que a mí me dé la gana.
Pero no siguió adelante, porque quiso ir a ver si deberas le habían sembrado el palito de uvas, y se devolvió.
Anda y anda hasta que llegó, y no era mentiras: allí en el solarcito estaba el palo de uva que daba gusto. Al verlo, Uvieta se puso que no cabía en los calzones de la contentera.
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