Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.3
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La viejecilla me contaba sobre este pozo, mentiras que hacian mis delicias; en el fondo había un palacio de cristal, en donde las lámparas eran estrellas. Allí vivían un rey y una reina que tenían dos hijas muy lindas: una morena de cabellera negra que le llegaba a la rodilla, con un lunar en forma de flor junto a la boca; la otra blanca, con el cabello de oro que le arrastraba y con un lunar azul en forma de estrella. La rubia era mi predilecta, y el lunar azul en forma de estrella, de su mejilla, era una fuente de encanto para mí.
Yo gozaba cuando la tía Panchita cogía su tinaja y se encaminaba al pozo. La precedía brincando cual si fuese a una fiesta.
¡Qué sonidos más extranos y atrayentes subían de aquel profundo agujero umbrío, en cuyo fondo dijérase que se encendían y apagaban luces. (Más tarde me di cuenta que eran los temblorosos jirones de claridad que habrá entre el follaje que lo cubriera pero entonces imaginaba que eran las lámparas de que me hablara la anciana). El brocal y las paredes estaban tapizados por un musgo verde y dorado. Las gotas que rezumaban caían y producían una música tan delicada: ¡... Tin ... tan! La anciana decía que eran los cascabeles de plata que llevaban al cuello los perritos de las princesas, suspendidos en una cinta de oro.
Si la tía Panchita, en ciertas ocasiones, hubiese logrado fisgonear dentro de mi pensamiento, se habría horrorizado de sus encantadores embustes, y habría temblado por mi vida que deseaba ardientemente ir a jugar con princesas y perrillos en el palacio de cristal. ¡Y la sonrisa de compasivo triunfo que habría plegado los labios del tío Pablo, el profesor de Lógica y Etica, si hubiese asomado sus anteojos por los campos de mi fantasía cultivada por su hermana, a quien, según él le faltaban dos tornillos! ¡Serían el del buen sentido y el de la lógica? Ahora cierro los ojos y el recuerdo de la querida viejecilla, que fue mil veces más amada para mí que el tío Pablo, a pesar de que ignoraba que existiera Lógica y Etica en este mundo, se sienta en su silla baja y me narra sus cuentos, mientras sus dedos diligentes arrollan cigarrillos. Yo estoy a sus píes en el taburetiro de cuero que me hizo el tío Joaquín. Siento el olor del tabaco curado con hojas de higo, aguardiente y míel.
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