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Cuentos de mi Tía Panchita (Carmen Lyra) - pág.2

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Las otras personas de mi familia, gentes muy prudentes y de buen sentido, reprochaban a la vieja señora su manía de contar a sus sobrinos aquellos cuentos de hadas, brujas, espantos, etcétera, lo cual según ellas, les echaba a perder su pensamiento. Yo no comprendía estas sensatas reflexiones. Lo que sé es que ninguno de los que así hablaban, logró mí confianza y que jamás sus conversaciones sesudas y sus cuentecitos científicos, que casi siempre arrastraban torpemente una moraleja, despertaron mi interés. Mi tío Pablo, profesor de Lógica y Etica en uno de los Colegios de la ciudad, llamaba despectivamente cuenteretes y bozorola los relatos de la vieja tía. Quizá las personas que piensen como el tío Pablo, les den los mismos calificativos y tendrán razón, porque ello es el resultado de sus ordenadas ideas. En cuanto a mí, que jamás he logrado explicarme ninguno de los fenómenos que a cada instante ocurren en torno mío, que me quedo con la boca abierta siempre que miro abrirse una flor, guardo las mentiras de mi tía Panchita al lado de las explicaciones que sobre la formación de animales, vegetales y minerales, me han dado profesores muy graves gue se creen muy sabios.
¡Qué sugestiones tan intensas e inefables despertaban en nuestras imaginaciones infantiles, las palabras de sus cuentos, muchas de las cuales fueron fabricadas de un modo incomprensible para la Gramática, y que nada decían a las mentes de personas entradas en años y en estudios!
Recuerdo el cuento de "La Cucarachita Mandinga" ("La Hormiguita" de Fernán Caballero, vaciado en molde quizá americano, quzá tico solamente), que no nos cansábamos de escuchar.
¡La Cucarachíta Mandinga!
Jamás podré expresar el picaresco encanto que este adjetivo de "mandinga" puesto con tanta gracia a la par de "La Cucarachita", por los labios de quién sabe qué abuela o vieja china, vaciaba en nuestro interior.
¿Mandinga? Ninguna de las definiciones gue sobre esta palabra da el diccionario responde a la que los niños nos dábamos, sin emplear palabras, de aquel calificativo que se agitaba como una traviesa llamita nacarada sobre la cabeza de la coqueta criaturilla.
Los cuentos de la tía Panchita eran humildes llaves de hierro que abrían arcas cuyo contenido era un tesoro de ensueños.
En el patio de su casa había un pozo, bajo una chayotera que formaba sobre el brocal un dosel de frescura.
A menudo, sobre todo en los calores de marzo, mi boca recuerda el agua de aquel pozo, la más fría y limpia que hasta hoy probara, que ya no existe, que agotó el calor; y sin guererlo mi voluntad, mi corazón evoca al mismo tiempo, la memoria de mi alegría de entonces, cristalina y fresca, gue ya no existe, que agotó la experiencia.


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