Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro (Henri Lebrún) - pág.101
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apoyar ante el emperador las acusaciones contra aquél dirigidas, y
defender sus propias acciones. [179]
Capítulo XI
Desavenencias de los oidores con Gonzalo Pizarro.- Entrada de éste en
Lima.- Se hace nombrar gobernador general.- Aparece de nuevo en escena
Núñez Vela.- Levantamiento de Diego Centeno.- Retirada del virrey.-
Batalla de Quito.- Muerte de Núñez Vela.
El primer cuidado de los oidores, en cuanto fue reconocido en la
ciudad su poder, fue ocuparse en los nuevos reglamentos, para cuya
ejecución proclamaron una prórroga. Movíales a obrar así un doble motivo,
a saber, dar una satisfacción al pueblo exasperado con aquellos
reglamentos, y encontrar un pretexto para alejar a Gonzalo Pizarro, cuya
ambición y poder les causaban no infundadas zozobras. Mas como por otra
parte no podían esperar que un hombre del carácter de Pizarro se aviniese
a abandonar tranquilamente la posición formidable en que se colocara,
quisieron ante todo sondear sus intenciones. Tomaron en su consecuencia el
partido de enviarle un mensaje oficial para darle a entender que, no
existiendo ya el motivo que le había impulsado a tomar las armas,
licenciara su ejército y fuese sin tardanza a Lima acompañado tan sólo de
[180] veinte hombres. No era fácil encontrar personas bastante resueltas
para desempeñar una misión tan peligrosa con un jefe del carácter de
Gonzalo; mas Agustín de Zárate (el historiador del Perú) y Ribera
consintieron en encargarse de ella y partieron para el valle de Zanja,
donde se hallaba aquél acampado. Pizarro tenía ya noticia de la embajada
que se le mandaba, y temiendo que si los enviados de los oidores se
presentaban ante el ejército y notificaban públicamente la orden de los
magistrados, se promoviese alguna asonada entre sus soldados, que deseaban
entrar en Lima en son de guerra, mandó al momento a Villegas, uno de sus
capitanes, con un fuerte destacamento para detener a los mensajeros. Esta
orden fue ejecutada sin dificultad, y Zárate, portador de los despachos,
fue preso y conducido a Pariacuca, para que aguardara allí al general, que
llegó a los diez días.
Pizarro estaba muy distante de querer someterse a lo que mandaban los
oidores: su ambición, excitada por las favorables circunstancias que le
rodeaban, le mostraba cercano el día en que podrían realizarse todos sus
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