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Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro (Henri Lebrún) - pág.51

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el número de los que perecieron en aquella marcha desastrosa.
Almagro llegó por fin a las llanuras de Chile, y reconoció que no le
habían engañado al ponderarle [92] la fertilidad del suelo y las riquezas
del país. En los distritos sometidos al inca recibió la más favorable
acogida, porque los naturales le veían acompañado del hermano de su señor,
pudiendo hacerse de esta suerte con una gran cantidad de oro, que
distribuyó generosamente entre sus compañeros, para recompensarles por los
servicios prestados y alentarles a perseverar en su empresa.
A medida empero que fue internándose las cosas cambiaron de aspecto:
los chilenos, sorprendidos al principio por el singular aspecto de los
extranjeros, no tardaron en volver en sí de su admiración y terror, y
atacaron a los españoles con una resolución, de la cual no había habido
aún ejemplo en aquella parte de América. Por último, después de muchas
fatigas y peligros, Almagro tuvo que dejar su empresa sin terminar,
llamado al Perú por una revolución tan repentina como inesperada que
estallara en el país y que amenazaba anonadar el poder de los españoles.
Convencido Pizarro de que nada tenía que temer de los peruanos
mientras tuviese en su poder el inca, obligaba a Manco Capac a residir en
Cuzco, bajo pretexto de que esta ciudad era la residencia del soberano,
pero en realidad para que estuviere a la vista de Juan y de Gonzalo
Pizarro, a quienes su hermano recomendaba particularmente que le vigilasen
cada vez que él se ausentaba de Cuzco. [93]
El inca había instado repetidas veces a Pizarro para que le
restableciese en todas las prerrogativas de su dignidad: habíase quejado
vivamente de los honores irrisorios que se le tributaban, afectando
reconocerle en público como soberano, mientras que en realidad era menos
libre que el más miserable de sus súbditos. Pizarro, que tenía poderosos
motivos para querer evitar un rompimiento, eludió al principio el
satisfacer a estas quejas, y luego para sustraerse a nuevas reclamaciones,
pretextó ser necesaria su presencia en Lima, y salió de Cuzco. El inca
resolvió aprovecharse de su ausencia para ejecutar un proyecto que
meditaba tiempo hacía: había observado que las fuerzas de los españoles
estaban diseminadas, y que sólo había en Cuzco un corto número de hombres.


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