Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro (Henri Lebrún) - pág.41
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Atahualpa, añadiose pronto otra, la más poderosa de todas, porque tuvo su
principio en el orgullo humillado de Pizarro. Entre las artes de Europa,
excitaba sobre todo la admiración del inca la de la lectura, y quería
tiempo hacía descubrir si era una habilidad natural o adquirida. Para
aclarar sus dudas pidió a uno de los soldados que le guardaban que
escribiese en la uña de su pulgar el nombre de Dios, y enseñó en seguida
aquellos caracteres a diferentes españoles, preguntándoles lo que
significaban; y con grande admiración suya, todos le dieron sin vacilar la
misma respuesta. Un día como se presentase Pizarro ante el príncipe, éste
le alargó su pulgar, rogándole que leyese lo que en él estaba escrito: el
gobernador se puso colorado, y se vio obligado a confesar lleno de
confusión su ignorancia; desde aquel instante Atahualpa lo miró como un
hombre vulgar, menos instruido que sus soldados, y no tuvo la habilidad de
ocultar los sentimientos que aquel descubrimiento le había inspirado. El
general se sintió picado tan al vivo al verse objeto del desprecio de un
bárbaro, que se decidió a hacerle perecer.[75]
Mas a fin de dar alguna apariencia de justicia a una acción tan
violenta y que podía ser severamente reprendida por el emperador, Pizarro
quiso que el inca fuese juzgado según las formas observadas en España en
las causas criminales. Él mismo, Almagro, y dos oficiales fueron los
jueces; un procurador general acusó en nombre del rey; fue encargado de la
defensa un abogado, y nombráronse secretarios para redactar las actas de
aquel proceso extraordinario.
Las deposiciones de los testigos, interpretadas por el traidor
Filipillo, fueron todas contrarias al monarca, y los jueces, cuya opinión
estaba ya fijada de antemano, le condenaron a ser quemado vivo.
Al llegar al lugar del suplicio Atahualpa declaró que quería abrazar
la religión cristiana: se hizo saber al gobernador, el cual ordenó que se
le bautizase, y el reverendo padre Vicente de Valverde, que trabajaba en
su conversión, le administró el sacramento del bautismo. Conmutósele
entonces la pena, y en vez de ser quemado, según disponía la sentencia,
fue ahorcado. Al día siguiente fue descolgado su cadáver de la horca
fatal, y los religiosos, el gobernador y los demás españoles le condujeron
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