Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro (Henri Lebrún) - pág.38
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inquietudes, vinieron a turbarle por otro lado nuevos motivos de alarma.
Supo que sus opresores habían entrado en relaciones con Huáscar, su
hermano. En efecto, al llegar Fernando de Soto a la ciudad donde estaba el
príncipe preso, pidió verle. La visita del español reanimó las esperanzas
del desgraciado príncipe, el cual imploró la protección de los extranjeros
contra Atahualpa, y sabiendo la promesa hecha por éste para obtener su
libertad, se obligó, si se le restituía su trono, a llenar de oro hasta el
techo el cuarto en que estaba preso. Por seductor que fuese este
ofrecimiento, superior en mucho al de Atahualpa, Soto no pudo aceptarlo,
pero prometió al príncipe que haría todos los esfuerzos posibles para
determinar a Pizarro a que escuchase sus proposiciones.
Los oficiales encargados de la custodia de Huáscar, y que eran
adictos a su rival, se apresuraron a informar a su monarca de la
entrevista de Huáscar y Soto, y esta noticia hizo [70] nacer en su
espíritu las más vivas inquietudes. Estaba convencido de que los españoles
no rehusarían tan brillantes proposiciones, y de que aprovecharían de
buena gana el menor pretexto para dar una apariencia de justicia a sus
miras interesadas. Por otra parte, como su propia conducta para con su
hermano podía bastar para justificar la falta de fe de los españoles,
pensó que su perdición era inevitable, si Huáscar conservaba la vida.
Impresionado por esta idea envió orden formal de dar muerte a su hermano,
orden que fue con toda puntualidad ejecutada; y luego temiendo que sus
vencedores no le hiciesen un cargo de este crimen, puesto que les quitaba
la esperanza de un nuevo rescate, afectó el mayor dolor, y sostuvo que sus
capitanes habían cometido aquel delito sin su consentimiento.
En esto llegó Almagro a Caxamalca, y sus soldados exaltados a la
vista del oro que de todas partes traían, pidieron la repartición del
botín; uniéronse a ellos los de Pizarro, y fundiose aquella enorme masa de
metal, después de haber separado algunos vasos, preciosos por su trabajo,
que fueron destinados al emperador.
El día de Santiago de 1533, Pizarro mandó celebrar una misa solemne,
y se procedió al reparto de aquellas inmensas riquezas. «Hecha la cuenta,
dice Jerez, reducido todo a buen oro, hubo en todo un cuento y trescientos
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