Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro (Henri Lebrún) - pág.20
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imposible continuar la expedición con el escaso número de hombres que
habían quedado, puesto que de los ciento ochenta y dos soldados de Pizarro
y Almagro habían sucumbido ciento treinta. Sólo quedaban pues cincuenta
españoles, y aun éstos estaban de tal suerte extenuados por la fatiga, que
eran incapaces de hacer un servicio activo.
El abandono empero de una empresa en la cual estaba comprometida toda
su fortuna, parecía a los jefes y a los más animosos de sus compañeros un
estreno más humillante y penoso que todas las dificultades que reservarles
pudiese su suerte. En su consecuencia Almagro regresó a Panamá, y ayudado
de su amigo Luque, hizo lo posible para reclutar soldados; mas las cosas
no marcharon según sus deseos, y pasó mucho tiempo antes que pudiera
reunir un centenar de hombres. Diose por fin a la vela y fue a reunirse
con Pizarro en Cuchama.
«Los dos capitanes, dice Jerez, partieron en sus dos navíos con
ciento y setenta hombres, e iban costeando la tierra, y donde pensaban que
había poblado saltaban en tierra con tres canoas [39] que llevaban, en las
cuales remaban sesenta hombres; y así iban a buscar mantenimientos. De
esta manera anduvieron tres años pasando grandes trabajos, hambres y
fríos; y murió de hambre la mayor parte de ellos; que no quedaron vivos
cincuenta, sin descubrir hasta en fin de los tres años buena tierra, que
toda era ciénagas y anegadizos inhabitables; y esta buena tierra que se
descubrió fue desde el río de san Juan, donde el capitán Pizarro se quedó
con la poca gente que le quedó, y envió un capitán con el más pequeño
navío a descubrir alguna buena tierra la costa adelante, y el otro navío
envió con el capitán Almagro a Panamá para traer más gente, porque yendo
los dos navíos juntos y con la gente no podían descubrir, y la gente se
moría.»
Setenta días después el buque enviado a hacer descubrimientos volvió
trayendo noticias las más favorables para reanimar el ardor de los
aventureros. El capitán había reconocido comarcas riquísimas en oro y
plata, y los españoles habían sido bien recibidos en todas partes por una
población que parecía más culta que las conocidas hasta entonces. Así en
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