Las muertes concentricas (Jack London) - pág.9
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Insistía en que la sociedad estabaamenazada, que él no era tan cobarde para desertar su puesto, y que era justoque unos cuantos fueran mártires por la prosperidad de los más. Pero la sangrecaía sobre su cabeza, y él se hundía cada vez más en el abatimiento y la pena.Yo también estaba abrumado con la culpa de ser cómplice. Niños eran asesinadossin piedad, y mujeres y ancianos; y no sólo eran locales estos crímenes, sinoque se distribuían en todo el país. A mitad de febrero, una noche, mientrasestábamos en la biblioteca, golpearon a la puerta con violencia. Respondí yo,encontrando sobre la alfombra del comedor esta misiva:
Oficina de los Sicarios de Midas, 15 de febrero, 1900.
Señor Eben Hale, plutócrata.
Muy señor nuestro:
¿No llora su alma por la roja cosecha que recoge? Quizás hemos sido demasiadoabstractos en el manejo de nuestro negocio. Seamos ahora concretos. MissAdelaide Laidlaw es una joven de talento, tan bondadosa, entendemos, comobella. Es la hija de su viejo amigo, el juez Laidlaw, y sabemos que usted lallevó en sus brazos cuando niña. Es la amiga más íntima de su hija y ahoraestá visitándola. Cuando usted lea esto, la visita habrá terminado.
Muy cordialmente.Los Sicarios de Midas.
Al instante comprendimos lo que significaba. Corrimos por la gran casa, sinhallar a la muchacha. La puerta de su departamento estaba cerrada con llave,pero la hundimos a empujones desesperados, y allí, vestida para la Opera,asfixiada con almohadones, todavía tibia y flexible, yacía casi viva. Deja quepase sobre este horror. Seguramente recordarás los relatos de los diarios.
Tarde, aquella misma noche, Eben Hale me citó, y ante Dios me juramentósolemnemente a quedarme con él y a no transigir, aunque la familia enterafuese destruida.
A la mañana siguiente me sorprendió su alegría. Yo había previsto que latragedia última le produciría un hondo shock; pero ignoraba aún hasta quepunto lo había afectado. Al otro día lo encontramos muerto en su cama, con unapacífica sonrisa en su rostro devastado por la congoja. Murió asfixiado. Conla connivencia de las autoridades se comunicó al mundo que se trataba de unataque al corazón.
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