Las muertes concentricas (Jack London) - pág.8
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El 31 de diciembre nos notificaron:
Oficina de los Sicarios de Midas, 31 de diciembre, 1899.
Señor Eben Hale, plutócrata.Muy señor nuestro:
Siguiendo nuestra política -nos halaga que usted ya esté versado en ella- nospermitimos comunicarle que daremos un pasaporte, desde este Valle de Lágrimas,al comisario Bying, con quien, a causa de nuestras atenciones, usted llegó arelaciones tan estrechas. Acostumbra estar en su oficina a esta hora. Mientrasusted lee esta carta, respira él su último aliento.
CordialmenteLos Sicarios de Midas.
Corrí al teléfono. Grande fue mi alivio cuando oí la simpática voz delcomisario. Pero, mientras hablaba aún, su voz en el receptor terminó con unestertor, y oí, apenas, la caída de su cuerpo. Luego una voz extraña me diolos saludos de los Sicarios de Midas, y cortó.
Pedí con la oficina pública, para que socorrieran al comisario. Pocos minutosdespués supe que lo habían encontrado bañado en su propia sangre, y muriendo.No había testigos; no se encontraron huellas del asesino.
En consecuencia, el señor Hale aumentó de inmediato su servicio secreto hastaque un cuarto de millón fluía por sus arcas por semana. Estaba resuelto aganar. Las recompensas ofrecidas llegaban a sumar más de diez millones dedólares. Tienes aquí una idea clara de sus recursos y de cómo los usaba sintasa. Decía que luchaba por un principio.
Hay que admitir que sus actos probaban la nobleza de sus motivos. Las policíasde todas las grandes ciudades cooperaban, y aun el gobierno de los EstadosUnidos entró en liza, y el asunto se convirtió en una de las principalescuestiones de Estado. Algunos fondos nacionales se dedicaron a descubrir a losSicarios de Midas y todo agente del gobierno estuvo atento. Pero fue en vano.Los Sicarios de Midas golpeaban sin errar en su obra inevitable. Sin embargo,aunque el señor Hale luchaba hasta la muerte, no podía lavar sus manos de lasangre que las teñía. Aunque no era, técnicamente, un asesino, aunque ningúnjurado de sus iguales pudiera acusarlo, no era por eso menos causante de lamuerte de cada individuo. Como dije antes, una palabra suya habría detenido lamatanza. Pero rehusaba decir esa palabra.
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