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La peste escarlata (Jack London) - pág.50

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casi de latir, y me pareció que se me extraviaba la razón. Luego él llanto
de un niño pequeño, de un ser humano. Ladraron algunos perros, y los míos
replicaron. Había creído durante largo tiempo que era el último
sobreviviente en la tierra tras el inmenso desastre. Y ahora percibía el
humo y el llanto de un niño.
>>Al poco rato en el borde del lago, delante de mí, a no menos de cien
yardas, vi a un hombre ponerse de pie. No era ningún ser escuálido o
enfermo, no: parecía gozar de excelente salud, y, erigido encima de una
roca que entraba en el lago, se dedicaba a pescar.
>>Detuve mi caballo y grité. El hombre, que se había vuelto, no contestó.
Agité la mano, saludándole. Tampoco contestó a mi ademán. Entonces sepulté
la cara entre las manos. No me atrevía a levantar la cabeza y mirar. Me
parecía haber sido víctima de una alucinación, y en el momento en que
alzara la mirada todo habría desaparecido. Temí destruir aquella visión
maravillosa, mientras no la desvaneciera mirando, subsistía en mi
pensamiento.
>>Permanecí, pues, inmóvil hasta el momento en que me sacaron de mi
ensueño los gruñidos de mis perros y la vos del hombre, que me hablaba.
¿Sabéis qué decía la voz? ¿No, verdad? Pues bien, decía:
>>--¿De dónde demonios vienes?
>>Si Cara de Liebre, tales fueron textualmente las palabras que oí
pronunciar, a modo de bienvenida, en la orilla del lago Temescal, hace
exactamente cincuenta y siete años. Y jamás otras palabras me había
parecido más dulces. Abrí los ojos.
>>Vi ante mí a un hombre de elevada estatura, de mirada hosca y dura, de
sólidas mandíbulas y frente huidiza. Me dejé caer, más que bajé, del
caballo, y lo único que sé es que al cabo de unos instantes estrechaba mis
manos entre las suyas mientras lloraba. Le había abrazado.
>>El hombre no devolvió mis efusiones. Me arrojó una mirada suspicaz, y se


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