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La peste escarlata (Jack London)

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La peste escarlata


El camino, de borroso trazado, seguía lo que en otro tiempo había sido el
terraplén de una vía férrea que, desde hacía muchos años, ningún tren
había recorrido. A derecha e izquierda, el bosque, que invadía e hinchaba
las laderas del terraplén, envolvía el camino en una ola verde de árboles
y matorrales. El camino no era otro caso que un simple sendero, con
anchura apenas suficiente para que dos hombres avancen de lado. Era algo
así como una pista de bestias salvajes.
Aquí y allá se veían fragmentos de hierro oxidado que indicaban que,
debajo de la maleza, seguía habiendo rieles y traviesas. En cierto punto,
un árbol, al crecer, había levantado en el aire un riel entero, que
quedaba al descubierto. Una pesada traviesa había seguido al riel, y
seguía unida a él por una tuerca. Debajo se veían las piedras de basalto,
medio recubierta por hojas muertas. El riel y la traviesa enlazadas de
aquel modo extraño, apuntaban hacia el cielo, fantasmagóricamente. Por
vieja que fuera la vía férrea, se constataba sin dificultad, por su
estrechez, que había sido de vía única.
Un anciano y un muchacho iban por el camino.
Avanzaban con lentitud, ya el viejo estaba doblado por el peso de los
años. Un comienzo de parálisis hacía que sus miembros y sus ademanes
temblequearan, y caminaba apoyado en un bastón.
Un gorro de piel de cabra le protegía la cabeza del sol. Por debajo de ese
gorro pendía una franja de ralos cabellos blancos, sucios y desgreñados.
Una especie de visera, ingeniosamente hecha con una ancha hoja curva, le
protegía los ojos del exceso de luz. Bajo esa visera, la mirada del pobre
hombre, bajaba hacia el suelo, seguía atentamente el movimiento de sus
propios pies en el sendero.
Su barba caía en greñas torrenciales, y hubiera debido ser, igual que los
cabellos, blancos como la nieve; pero, como ellos, testimoniaba una


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